Evangelización de la cultura
Desafíos y puntos de apoyo o ventanas para
que el anuncio de Jesucristo entre en el mundo de la
cultura europea contemporánea
Conferencia
de Monseñor Joaquín María López
de Andújar y Cánovas del Castillo,
Obispo de Getafe, en la Mesa
Redonda sobre la Historia de la Iglesia que tuvo
lugar el 25 de octubre de 2006.
El
anuncio de Jesucristo tiene que llegar también
a la cultura europea contemporánea.
La evangelización
de la cultura debe mostrar también
que hoy, en esta Europa, es posible vivir
en plenitud el Evangelio como itinerario
que da sentido a la existencia. Para
ello, la pastoral ha de asumir la tarea de imprimir
una mentalidad cristiana a la vida ordinaria:
en la familia, la escuela, la comunicación
social; en el mundo de la cultura, del trabajo
y de la economía,
de la política, del tiempo libre, de
la salud, y la enfermedad. Hace falta una serena
confrontación
crítica con la actual situación
cultural de Europa, evaluando las tendencias
emergentes, los hechos y las situaciones de
mayor relieve de nuestro tiempo, a la luz del
papel central de Cristo y de la antropología
cristiana.” (“Iglesia
en Europa” n.58)
Introducción
1.- Qué entendemos
por cultura
2.- Qué entendemos por pastoral
de la cultura o evangelización de la cultura
3.-
Cuales son los desafíos más
fuertes que la cultura está planteando a
los educadores cristianos
4.- Cuales son las ventanas
por las cuales la luz del evangelio puede entrar
en el mundo de la cultura.
5.- Actitudes del evangelizador
Notas
Introducción
El tema de la evangelización de la cultura
es, en estos momentos, un tema de capital importancia
para la Iglesia y para la sociedad y entra de lleno
en la misión educativa de la Iglesia.
Toda la misión de la Iglesia tiene un carácter
educativo. El mandato recibido del Señor
Jesús: “Id y haced discípulos
de todos los pueblos...” (1), define esa
misión educativa. La Iglesia trata de suscitar
discípulos de Cristo y de educarlos hasta
que lleguen al estado de hombre perfecto, a la
madurez de la plenitud de Cristo (2). Educación
y cultura son dos realidades íntimamente
relacionadas. Decía Juan Pablo II: “La
primera y esencial tarea de la cultura, en general
y también de toda cultura, es la educación.
La educación consiste, en efecto, en que
el hombre llegue a ser cada vez más hombre,
que pueda “ser” más y no sólo
pueda “tener” más, y que , en
consecuencia, a través de todo lo que “tiene” y “posee” separa “ser” más
hombre. Para ello es necesario que el hombre sepa “ser” más
no sólo “con los otros”, sino
también “para los otros”. La
educación tiene una importancia fundamental
para la formación de la relaciones interhumanas
y sociales” (3).
Realmente la Iglesia se juega
mucho en este diálogo
evangelizador con la cultura. Ya en el Concilio
la Iglesia reconoció una ruptura dramática
entre la Iglesia y la cultura. El mundo moderno
esta deslumbrado por sus conquistas y sus logros
científicos y técnicos; pero con
demasiada frecuencia cede ante ideologías
y criterios de ética práctica y comportamientos
que están en contradicción con el
evangelio o, al menos, hacen caso omiso de los
valores cristianos. Y el mismo Concilio comprometió a
la Iglesia entera a ponerse a la escucha del hombre
moderno para comprenderlo e inventar un nuevo tipo
de diálogo que le permita introducir la
originalidad del mensaje evangélico en el
corazón de la mentalidad actual. Es necesario, “presentar
la Palabra de Cristo en toda su lozanía
a las generaciones jóvenes, cuyas actitudes,
a veces, son difíciles de comprender para
las mentalidades tradicionales, si bien están
lejos de cerrarse a los valores espirituales” (4).
1.- qué entendemos por cultura
Conviene, en
primer lugar, concretar bien qué queremos
decir cuando hablamos de cultura.
En primer lugar, en su dimensión activa
o subjetiva , cultura es el cultivo
por parte del hombre de los bienes y valores
naturales. Un hombre culto es un hombre “cultivado”;
un hombre que ha sabido aprovechar y cultivar
los bienes y valores naturales que ha recibido. “Es
propio de la persona humana el no llegar a un
nivel verdadera y plenamente humano si no es
mediante la cultura, es decir, cultivando los
bienes y los valores naturales” (5) (
razón, sentimientos, emociones, capacidad
creativa, capacidad de relación ... etc.)
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| Imagen de la Mesa Redonda |
En segundo lugar, la cultura
entendida en su dimensión objetiva,
es todo aquello con lo que el hombre desarrolla
sus cualidades espirituales y corporales, somete
la naturaleza, hace más humana la vida familiar
y social y expresa sus experiencias y aspiraciones
mediante obras (arte, ciencia, deporte, folklore,
tradiciones ... etc.)
Finalmente, en su dimensión sociológica
o etnológica, cultura es el modo
de ser y de concebir la vida que tiene un pueblo
determinado. Es su manera particular de servirse
de las cosas, de trabajar, de expresarse, de
practicar la religión, de comportarse,
de establecer leyes e instituciones jurídicas,
de cultivar las ciencias, las artes y la belleza.
En este sentido se puede hablar de pluralidad
de culturas.
Estas tres formas de entender
la cultura son complementarias y a ellas me iré refiriendo indistintamente,
poniendo especialmente el acento en nuestra cultura
europea contemporánea.
“Toda cultura es en última instancia
un esfuerzo de reflexión sobre el misterio
del mundo y, en particular del hombre: es un modo
de expresar la dimensión trascendente de
la vida humana. En el fondo el corazón de
cada cultura esta constituido por su acercamiento
al más grandes de los misterios: el misterio
de Dios” (6).
La cultura es “aquello, a través
de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace
más hombre, es más, accede
más al ser” (8).
2.- Qué entendemos por pastoral
o evangelización de la cultura
La pastoral
de la cultura es decisiva para lo que Juan Pablo
II llamaba la nueva evangelización.
Evangelizar la cultura es
en definitiva introducir la originalidad del
evangelio en el corazón
de la mentalidad actual: “Imprimir una mentalidad
cristiana a la vida ordinaria” (8).
Se trata no sólo de injertar la fe
en la cultura europea contemporánea, sino
también de devolver la vida que brota del
evangelio a un mundo descristianizado cuyas referencias
cristianas, indudables, que han configurado su
vida y su historia, o son negadas o se han convertido
en algo puramente formal o externo.
“Una fe que no se convierte en cultura es
una fe no acogida en plenitud, no pensada en su
totalidad, no vivida con fidelidad.” (9).
Evangelizar la cultura significa
hacer que el evangelio impregne el alma de la
cultura. Pero eso hay que hacerlo con una actitud
de reciprocidad y de diálogo. Hace falta un acercamiento
a la cultura de modo que los valores universales
del hombre sean acogidos allí donde estén.
Los cristianos y especialmente los educadores tenemos
el deber de estar a la escucha del hombre moderno,
no para aprobar todos sus comportamientos, sino
ante todo para descubrir sus esperanzas y aspiraciones
más hondas y que en muchas ocasiones están
latentes para hacerle consciente de ellas.
Evangelizar la cultura supone,
por tanto, caer en la cuenta de que, en esta
relación dinámica
de la Iglesia con el mundo contemporáneo,
los cristianos tenemos mucho que recibir y mucho
que dar. El Concilio Vaticano II insistió en
este punto; y, siempre es necesario recordarlo.
Pensemos en las investigaciones científicas
que nos han llevado a un mejor conocimiento del
universo y a una mayor profundización del
misterio del hombre. Pensemos en los beneficios
que pueden proporcionar a la Iglesia y al mundo
los nuevos medios de comunicación. Pensemos
en la capacidad inmensa que el hombre ha ido adquiriendo
para producir bienes económicos y culturales;
y, sobre todo, para que la educación y la
cultura llegue prácticamente a la población
entera. O, pensemos, en el avance espectacular
de la medicina que ha hecho posible la curación
de enfermedades que, en otro tiempo, eran consideradas
incurables.
En la evangelización de la cultura, la
Iglesia - Pueblo de Dios - se siente solidaria
del mundo en que vive y reconoce los descubrimientos
y realizaciones de nuestros contemporáneos
y participa en la medida de sus posibilidades en
todas las iniciativas que ayuden al hombre a crecer
y desarrollarse en plenitud. Tenemos que despertar
en nosotros y en nuestra relación con la
cultura una gran capacidad de acogida y de admiración.
Pero, al mismo tiempo, la
evangelización
de la cultura, debe llevar consigo un sentido muy
lúcido de discernimiento, en la búsqueda
del bien del hombre, a la luz de la razón
y a la luz de la revelación: las dos alas
que Dios ha dado al hombre para alcanzar la verdad
(10).
Al impulsarnos a evangelizar,
nuestra fe nos invita y nos empuja a amar al
hombre en sí mismo,
sin ningún tipo de manipulación.
Hoy, quizás más que en otras épocas,
el hombre (y especialmente el hombre que se está haciendo,
es decir, el niño, el adolescente y el joven)
necesita que se le defienda de los riesgos que
amenazan su desarrollo y su dignidad. La luz que
brota de las fuentes del evangelio y el respeto
inmenso al ser humano que surge del Misterio de
la Encarnación del Verbo, nos impulsan a
proclamar que el hombre, todo hombre, toda vida
humana, merece honor y amor por sí misma
y debe ser respetada en su dignidad. Nuestro amor
al hombre nos debe infundir el valor de denunciar
las concepciones que reducen al ser humano a una
cosa que se puede manipular, o se puede humillar
o se puede eliminar física o espiritualmente
de una manera arbitraria. Sabemos perfectamente
que hoy el hombre sufre amenazas muy serias en
su mismo ser moral, en su verdad moral, porque
hoy el hombre es sometido de una manera -me atrevo
a decir- descarada, e incluso con la pretensión
de ser presentado como un avance cultural, a corrientes
hedonistas que exasperan sus instintos y lo deslumbran
con un ansia de consumo indiscriminado y con fines
exclusivamente comerciales. Y, sabemos perfectamente,
lo fácil que es manipular la opinión
publica con sugerencias engañosas introduciendo
valores y planteamientos vitales (sobre la familia,
el trabajo, el tiempo libre … etc.) ante
los que hemos de mantenernos con una actitud vigilante
y con una actitud verdaderamente crítica
para que no aparezca como valor cultural lo que
realmente es degradante para el hombre y un obstáculo
para la convivencia.
En lo que se refiere a la
evangelización
de la cultura siguen teniendo una gran actualidad
las palabras que pronunció el Papa en la
UNESCO el año 1980: “Hay que afirmar
al hombre por él mismo, y no por ningún
otro motivo o razón: ¡Únicamente
por él mismo! Más aún,
hay que amar al hombre porque es hombre, hay que
reivindicar el amor por el hombre en razón
de la particular dignidad que posee. El conjunto
de las afirmaciones que atañen al hombre
pertenecen a la sustancia misma del mensaje de
Cristo y de la misión de la Iglesia, a pesar
de todo lo que los espíritus críticos
hayan podido declarar sobre este punto y a pesar
de todo lo que hayan podido hacer las diversas
corrientes opuestas a la religión en general
y al cristianismo en particular” (11).
Y hace muy pocos días, en Valencia, Benedicto
XVI, dirigiéndose a las familias del mundo
entero se pronunciaba en los mismos términos. “venimos
ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos,
pero también venimos de Dios, que nos ha
creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos.
Por eso, en el origen de todo ser humano no existe
el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor
de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo,
verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él
conocía de quién venía y de
quién venimos todos: del amor de su Padre
y Padre nuestro.” (12). En este origen divino
del hombre y en su semejanza a Dios se fundamenta
la dignidad del hombre y su propia identidad. Y
sin esta verdad irrenunciable el hombre estaría
a merced de cualquier ideología totalitaria.
Como evangelizadores de la cultura, los
cristianos tenemos la obligación de familiarizarnos
con el ambiente socio-cultural que nos ha tocado
vivir para, en ese ambiente, poner el fermento
humanizador del evangelio. Tenemos que poner esa
fuente viva de amor a la dignidad del hombre que
es el Evangelio en todo lo que concierne al hombre
de hoy: en sus modos de pensar y de comportarse,
en su forma de trabajar y de divertirse; tenemos
que poner esa semilla del evangelio en lo que es
su ser cultural, su modo de vivir y de expresarse.
Por eso el educador cristiano y evangelizador de
la cultura debe preguntarse todos los días: ¿cómo
hablar al corazón y a la inteligencia del
hombre moderno para anunciarle la palabra salvadora
de Cristo? ¿Cómo lograr que nuestros
coetáneos sean más sensibles al valor único
e inviolable de la persona humana, a la dignidad
de cada individuo? ¿Cómo anunciarles
que Jesucristo , camino, verdad y vida del hombre” ha
dado novedad a todas las cosas, al darse
a sí mismo” (S. Ireneo)
Nosotros, preocupados por
los problemas de la cultura, debemos ayudar a
la Iglesia a ser creadora de cultura en su relación con el mundo moderno.
Realmente seríamos infieles a nuestra misión
de evangelizar a las nuevas generaciones si las
dejáramos abandonadas y sin comprender la
cultura en la que han nacido o con una actitud
acrítica respecto a ella. Seríamos
infieles si no abriéramos caminos de creatividad
cultural. Seríamos infieles a la caridad
y al amor, que nos debe animar, si no viéramos
donde está hoy el hombre amenazado y si
no proclamáramos con nuestras palabras,
nuestras actitudes y nuestros gestos y con nuestras
nuevas propuestas culturales la necesidad de defender
la dignidad del hombre y librarlo de las opresiones
que lo esclavizan y humillan.
3.- ¿cuáles son los desafíos
más fuertes que la cultura, llamada dominanante,
está planteando a la fe?
Para centrar el tema en lo
que es nuestra responsabilidad más directa como evangelizadores me voy
a fijar en primer lugar en algunos rasgos muy preocupantes
de las tendencias culturales que en este momento
parecen dominar el panorama cultural en el que
nos movemos y veremos después la repercusión
que estas tendencias están teniendo en el
modo de pensar y relacionarse de la gente más
joven y, por tanto más vulnerable a estas
tendencias culturales.
No es fácil analizar con exactitud estas
tendencias culturales. Señalaré solamente
algunos rasgos dominantes, fácilmente constatables
(13):
1.- En primer lugar hay que destacar la búsqueda
del bienestar, de la abundancia y del éxito
como estado normal e inmediato al que ningún
otro valor moral se puede anteponer. Este bienestar
se presenta con un claro componente sensual o
sensualista (consumismo, dinero, sexo indiscriminado...)
y con una actitud de indiferencia hacia otros
graves problemas morales como el pansexualismo,
el aborto, el relativismo moral, al indiferencia
ante el sufrimiento y la pobreza, etc.
2.- Un segundo rasgo: la exaltación
de la libertad indeterminada del individuo separada
de la verdad, como valor supremo en
función del cual se zanjan todas las demás
cuestiones. No se admiten compromisos definitivos
vinculantes, ni se acepta la intromisión
de instituciones civiles, familiares o religiosas
en la conducta personal. La tolerancia y permisividad
tienen que ser totales. En realidad todo se considera
como objetivamente indiferente. El único
valor real es la conveniencia personal y el bienestar
individual. En consecuencia se fomenta la relativización
de todo, la indiferencia y el permisivismo total.
Esta mentalidad alimenta una reacción
instintiva contra todo lo institucional. (14).
3.- La actitud ante lo religioso, dentro
y fuera de la Iglesia, está afectada por
esta situación. Dios, la religión
y la moral confesional, la pertenencia a la Iglesia,
aparecen con frecuencia para algunos como contrarios
a la felicidad del hombre. Como resultante de estas
actitudes, hay que señalar una especial
dificultad para aceptar y valorar el carácter
institucional de la vida religiosa y moral, con
las consecuencias que ello tiene para la comprensión
de la Iglesia, el aprecio de la Tradición,
la aceptación del Magisterio y de sus normas,
ya sean de orden moral o jurídico, la participación
en la vida sacramental y, en general todo aquello
que sea el ejercicio de la vida cristiana en el
marco comunitario e institucional.
Curiosamente se está produciendo un fenómeno
simultáneo y aparentemente contradictorio.
Es el fenómeno del llamado “retorno
a lo sagrado”, que tiene muchas
manifestaciones, algunas de ellas dentro de la
Iglesia como es el caso la religiosidad popular
(fiestas patronales, romerías, procesiones...).
Se está produciendo toda una corriente en
la que se entremezclan secularismo y expresiones
religiosas populares. Se trata, en el fondo, de
una nueva búsqueda de espiritualidad o espiritualismo,
más que de religión. Es la expresión,
más o menos difusa, del deseo de encontrar
una dimensión espiritual que sea también
fuente de sentido para la vida, así como
la expresión de un anhelo profundo de reconstruir,
de alguna forma, las relaciones afectivas y de
llenar la soledad producida por la gran inestabilidad
que se esta produciendo en la institución
familiar y la falta de ámbitos de relación
personal, de convivencia y de calor humano. Este
fenómeno llevado a sus últimas consecuencias
nos llevaría al tema de la proliferación
de las sectas, del esoterismo y de toda una serie
de fenómenos muy peligrosos y enormemente
destructivos, pero que son, por lo menos hasta
ahora, muy minoritarios. Todo ello tiene mucho
que ver con el fenómeno pseudoreligioso
de la “Nueva Era”.
La repercusión que estas
tendencias culturales tienen en los adolescentes
y en los jóvenes
es muy grande. Vamos a ver brevemente como estas
tendencias repercuten en su modo de pensar, en
su modo de amar y de relacionarse y en su modo
de concebir la libertad y la conciencia moral (15).
1.- En su modo de pensar:
El predominio de los saberes
técnicos conduce
a los jóvenes de hoy a una forma de pensamiento
unidimensional, cuantitativa, que la viven plenamente
y con la que no se toma realmente en serio más
que lo que es útil, lo que puede verificarse
cuantitativamente y sobre todo lo que conduce a
una eficacia práctica.
En su discurso a la UNESCO, Juan Pablo II
se preguntaba: “ (...) en el conjunto del
proceso educativo de la educación escolar ¿no
ha tenido lugar un desplazamiento unilateral hacia
la instrucción en el sentido estricto del
término? Si se consideran las proporciones
que ha tomado este fenómeno, así como
el crecimiento sistemático de la instrucción
que se refiere únicamente a lo que posee
el hombre ¿no es el hombre quien se encuentra
cada vez más oscurecido? Esto lleva consigo
una verdadera alineación de la educación:
en lugar de obrar a favor de lo que el hombre debe “ser”,
la educación actúa únicamente
a favor de lo que el hombre puede crecer en el
aspecto del “tener”, de la “posesión”.
La siguiente etapa de esta alineación es
habituar al hombre, privándole de su propia
subjetividad, a ser objeto de múltiples
manipulaciones: las manipulaciones ideológicas
o políticas que se hacen a través
de la opinión pública; las que tienen
lugar a través del monopolio o del control,
por parte de las fuerzas económicas o de
los poderes políticos, de los medios de
comunicación social; la manipulación,
finalmente, que consiste en enseñar la vida
como manipulación específica de sí mismo” (16).
Esta forma de pensamiento,
producto de una cultura científico técnica, hace que se de
en los jóvenes un exceso de informaciones,
que llega a sobrepasarles: informaciones, muchas
veces divergentes y sin que puedan llegar a jerarquizarlas
o sintetizarlas.
Durante estos últimos años los jóvenes
han crecido en la incertidumbre. Han escuchado,
sin asimilarlas, las opiniones críticas
más divergentes; no han podido, por consiguiente,
conocer ni disponer de verdades estables. Dentro
del campo de las ideologías y de los diversos
planteamientos de vida se ven acuciados por la
dificultad de elegir, sin tener medios para decidirse.
Pertenecen a una generación para quienes
toda creencia se ha vuelto difícil. Ya no
viven bajo el régimen de la creencia sino
del deseo. De hecho actúan movidos por el
deseo de vivir intensamente, de viajar, de reunirse,
de hablar, de intercambiar, sin querer ni poder
situarse. La crisis que sufren no afecta propiamente
a la fe cristiana, sino a la capacidad de creer
como tal.
2.- En su modo de amar y relacionarse:
Sorprendentemente, a pesar
de las inmensas posibilidades técnicas de relación y comunicación
que hoy tenemos, el mundo de relaciones afectivas
que viven los jóvenes es, con frecuencia,
muy pobre y muy reducido.
El primer ambiente que, en
muchos casos, se ha convertido en un medio muy
pobre es el ambiente familiar. Por desgracia,
la familia muchas veces ha dejado de ser para
el joven un lugar donde poder comunicar los problemas
e inquietudes que realmente le afectan.
Muchos jóvenes, hoy día, viven una
gran soledad. Los modos de comunicación
elemental que consiguen, a través de la
música o de deporte no pueden satisfacerles
plenamente.
3.- En su modo de concebir la libertad
y la conciencia moral:
La libertad es concebida, no tanto como la libertad para una
vida moral responsable, auténtica y exigente,
sino como la pura liberación de cualquier
atadura, como la mera autoafirmación de
uno mismo sin referencia a una causa o a un orden
moral que trascienda el interés inmediato.
Una cultura como la nuestra,
consumista, centrada en la satisfacción inmediata de las necesidades,
precisa estimular constantemente al hombre y hacer
que sus respuestas sean inmediatas y reiteradas.
No favorece la consolidación de una libertad
verdaderamente humana, basada en una distancia
madura entre el estímulo y la respuesta
y en unas decisiones sólidas y permanentes;
es más bien una cultura permisiva. La juventud
vive sumergida en una sociedad donde los criterios
morales se han relajado y la conducta está muy
condicionada por los estímulos del ambiente
social.
En un ambiente así no es extraño
que los jóvenes crean muchas veces que no
son posibles, ni tienen sentido, las decisiones
humanas irrevocables; los compromisos permanentes.
Creen que tales decisiones impiden o hacen difícil
una vida humana auténtica, al cerrar el
paso a otras posibles futuras decisiones y cancelar
o impedir una renovación constante de la
experiencia. El joven no quiere con esas decisiones
hipotecar su futuro.
Esta característica de la juventud actual
afecta al mismo núcleo de la fe, que implica
una vinculación definitiva e irrevocable
a Cristo, un compromiso vital y duradero con los
valores del evangelio y una respuesta de por vida
a invitaciones personales de Dios (matrimonio,
sacerdocio...)
Sin embargo, a pesar de todo
lo que estamos diciendo, en el fondo de todo
joven está latente,
esperando ser despertado, el deseo profundo de
llenar su vida con una tarea que le ilusione y
un ideal al que entregarse. (El atractivo que suscitó en
muchos jóvenes la figura del Papa Juan Pablo
II estaba sin duda en su autenticidad y en su valentía
para plantearles con toda claridad y sin recortes
o condescendencias un ideal de vida y una tarea
verdaderamente ilusionante). Y ésta es nuestra
tarea como educadores: ofrecerles todo un proyecto
de vida que les llene plenamente: el proyecto de
vida evangélico, el proyecto de Jesucristo,
vivo y presente en su Cuerpo que es la Iglesia
(17).
4.- Cuáles son las ventanas
por las que pueda entrar la luz del Evangelio en
nuestra cultura europea contemporánea
1.- Nosotros mismos. Los cristianos mismos.
El atractivo y la belleza de la vida cristiana:
El primer punto de apoyo
somos nosotros mismos: nuestro testimonio, la
calidad de nuestra fe y de nuestro ardor apostólico. El encuentro
con Cristo transforma la vida. Y esa vida transformada
en Cristo entraña un enorme atractivo. En
estos últimos días pasados en Valencia,
con motivo de la Jornada Mundial de la Familia,
se palpaba por todas partes la belleza y la alegría
del proyecto cristiano de la familia. Era realmente,
como el Papa, la definió, “una multitud
jubilosa”.
Pero, junto a ese atractivo personal, habrá que
unir también, especialmente en los que tenemos
responsabilidades en el mundo de la educación,
la calidad de nuestra preparación y formación
teológica y nuestra formación permanente
continua. No podemos dar por definitivamente sabido
nada. Hay que seguir profundizando en los temas
y vivencias que trasmitimos, hay que asimilar esos
temas, interiorizarlos, llevarlos a la oración
y buscar continuamente, y creativamente recursos
pedagógicos para poder trasmitir a las nuevas
generaciones esos conocimientos No basta la buena
voluntad. Los nuevos descubrimientos de la ciencia,
los movimientos migratorios, con su enorme repercusión
el mundo de la cultura, y las transformaciones
aceleradas que se están produciendo en el
modo de vivir de las gentes, plantean continuamente
importantes retos a la fe, a los que es necesario
dar respuestas adecuadas.
Y, sobre todo, hoy es especialmente
importante tener muy viva la conciencia de pertenecer
a un Pueblo, el Pueblo de Dios, la Iglesia. Un
Pueblo al que amamos y en el que nos sentimos
felices. Un Pueblo abierto a todas las gentes.
Tenemos que sentir y trasmitir con calor el deseo
de que otras personas puedan compartir con nosotros
y con todos los cristianos el gozo de pertenecer
a ese Pueblo. Por eso, para fortalecer en nosotros
el sentido de pertenencia a la Iglesia y que
ese sentido de pertenencia no se quede sólo en el terreno
de las ideas hemos de superar los individualismos,
fomentar por todo los medios, naturales y sobrenaturales,
nuestros lazos de comunión; y acoger con
docilidad la Tradición viva de la Iglesia
y su Magisterio auténtico.
Tenemos que destacar que
lo primero y principal en la evangelización de la cultura es el
testimonio vivo del evangelizador. El testimonio
cristiano del evangelizador es fundamental para
que el anuncio explícito del evangelio sea
una palabra que tenga como referencia inmediata
una vida, la vida del discípulo de Cristo.
Por medio del testimonio
de los cristianos, la luz del evangelio y los
valores del Reino, van impregnando la vida ordinaria
y las estructuras sociales, y purifican constantemente
esa vida social de las consecuencias del pecado,
confirman cuanto en ella hay de noble y verdadero
y potencian su esfuerzo hacia metas más altas de humanidad,
hacia la consecución de una civilización
y cultura más humanas (18).
2.- La familia:
El documento “Para
una pastoral de la cultura” del
Consejo Pontificio de la Cultura habla así de la familia como
fuente de cultura:
“Cuna de la vida y del amor la familia es
también fuente de cultura. Acoge la vida
y es escuela de humanidad donde mejor aprenden
los futuros esposos a convertirse en padres responsables... Es
el lugar privilegiado del crecimiento de la persona
y de la sociedad. La experiencia lo demuestra:
el conjunto de las civilizaciones y la cohesión
de los pueblos dependen, por encima de todo, de
la calidad humana de las familias, especialmente
de la presencia complementaria de los dos padres
con los papeles respectivos del padre
y la madre en la educación
de los hijos. En una sociedad donde crece el número
de los que no tienen familia, la educación
se hace más difícil, así como
la transmisión de una cultura popular modelada
por el evangelio.
Las situaciones dolorosas
merecen comprensión,
caridad y solidaridad. Pero en ningún caso
se pueden presentar como nuevo modelo de vida social
lo que es un trágico fracaso de la familia.
Las campañas de opinión y las políticas
antifamiliares o antinatalistas constituyen otros
tantos intentos de modificar el concepto mismo
de “familia” hasta vaciarlo de contenido.
En este contexto, formar una comunidad
de vida y amor que una a los esposos asociándolos
al Creador, constituye la mejor aportación
cultural que las familias cristianas pueden dar
a la sociedad” (19).
Las intervenciones de Benedicto
XVI en el Encuentro Mundial de las Familias han
sido especialmente iluminadoras para destacar
el valor insustituible de la familia como fuente
de cultura, escuela de humanidad y lugar privilegiado
para el crecimiento de la persona y la sociedad.
“La familia es un bien necesario para los
pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad
y un gran tesoro de los esposos durante toda su
vida. Es un bien insustituible para los hijos,
que han de ser fruto de la donación total
y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral
de la familia, fundada en el matrimonio, como Iglesia
doméstica y santuario de la vida, es una
gran responsabilidad de todos” (20).
Y refiriéndose concretamente a la familia
como trasmisora de valores y de cultura, decía
el Papa: “Cuando un niño nace, a través
de la relación con los padres empieza a
formar parte de una tradición familiar,
que tiene raíces aún más antiguas.
Con el don de la vida recibe todo un patrimonio
de experiencia. A este respecto los padres tienen
el derecho y el deber inalienables de transmitirlo
a los hijos; educarlos en el descubrimiento de
su identidad, iniciarlos en la vida social, en
el ejercicio responsable de su libertad moral y
de su capacidad de amar a través de la experiencia
de ser amados y, sobre todo en el encuentro con
Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en
la medida en que acogen con confianza ese patrimonio
y esa educación que van asumiendo progresivamente.
De este modo son capaces de asumir una síntesis
personal entre lo que han recibido y lo nuevo,
y que cada uno y cada generación está llamado
a realizar” (21).
3.- La Escuela:
Lo propio de la Escuela es
ser el lugar, donde se trasmite la cultura de
un modo sistemático,
orgánico y crítico. En ella deben
integrarse la educación humana y la educación
de la fe en un único proceso formativo.
Al incluir la formación religiosa dentro
de la maduración de la personalidad humana,
se evita que la fe aparezca como algo añadido
o yuxtapuesto a ella. Ese divorcio produciría
en el joven como una separación o ruptura
entre el hombre y el creyente; como si la fe fuera
un añadido que no afecta a las dimensiones
mas profundas de la personalidad humana. Las consecuencias
de esa ruptura son gravísimas.
Por eso la ausencia de la
clase de religión
en la Escuela y su reclusión en los espacios
intraeclesiales, tal como propone el laicismo,
empobrecería a la fe de forma irreparable
al no posibilitarle su confrontación, siempre
enriquecedora, con la cultura y con la ciencia.
La síntesis entre la fe y la cultura no
sólo es una exigencia de la cultura, sino
también de la fe.
Dentro de este planteamiento
de una educación
integral es como hay que situar la enseñanza
religiosa escolar en la Escuela Pública.
Los cristianos estamos convencidos,
y por eso debemos decirlo y proponerlo con todos
los medios que tengamos a nuestro alcance, del
valor humanizador del evangelio para una existencia
humana que quiera abrirse a la realidad total
del mundo y de la cultura, sin cerrar ni bloquear
ninguna dimensión
del espíritu humano y estamos convencidos
además de la fuerza y fecundidad del evangelio
para liberar y dar plenitud al hombre ofreciéndole
sentido, verdad y esperanza.
También, bajo esta perspectiva y como servicio
a la sociedad, conviene destacar la importancia
de la presencia de la Iglesia en la Universidad
tanto en el campo de la enseñanza como en
el de la pastoral. La pastoral universitaria apunta
principalmente a la evangelización de la
inteligencia y a la creación de nuevas síntesis
entre la fe y la cultura. La Universidad, haciendo
honor a su nombre y a su vocación, debe
estar abierta a la universalidad de los saberes
y no cerrar sus puertas al saber teológico
como ciencia que plantea, de forma orgánica
y sistemática, el diálogo, siempre
fecundo y humanizador, entre la razón y
la fe revelada.
En cuanto a las escuelas
y las universidades católicas,
también habría mucho que decir. “En
la tarea de la evangelización de la cultura
hay que destacar el importante servicio desarrollado
por las escuelas católicas. Es necesario
esforzarse para que se reconozca una libertad efectiva
de educación e igualdad jurídica
entre las escuelas estatales y no estatales. Estas últimas,
las de iniciativa social, son a veces el único
medio para proponer la tradición cristiana
a los que se encuentran alejados de ella. Exhorto
a los fieles implicados en el mundo de la escuela
a perseverar en su misión, llevando la luz
de Cristo salvador en sus actividades educativas
específicas, científicas y académicas.
Se debe valorar, en particular, la contribución
de los cristianos dedicados a la investigación
o que enseñan en las Universidades con su ‘servicio
intelectual’, que trasmiten a las jóvenes
generaciones los valores de un patrimonio cultural
enriquecido por dos milenios de experiencia cristiana” (22).
Sigue siendo actual, en nuestro
país, la
firme reivindicación que Juan Pablo II hizo
en la UNESCO: “Permítaseme reivindicar
en este lugar para las familias católicas
el derecho que toda familia tiene de educar a sus
hijos en escuelas que correspondan a su propia
visión del mundo, y en particular al estricto
derecho de los padres creyentes a no ver a sus
hijos, en las escuelas, sometidos a programas inspirados
en el ateismo. Este es en efecto uno de los derechos
fundamentales del hombre y de la familia” (23).
3.- La colaboración con todas las
personas de buena voluntad, sin exclusiones previas:
En nuestro trabajo
de evangelización
de la cultura estamos llamados a colaborar con
todos los hombres de buena voluntad. Tenemos que
saber descubrir que el Espíritu del bien
está misteriosamente en la acción
de muchos contemporáneos nuestros, incluso
en algunos que se confiesan sin religión
alguna, pero buscan honestamente el desarrollo
pleno de su vocación humana con valentía.
Pensemos en tantos padres y madres de familia,
en tantos educadores, en estudiantes, en obreros,
en líderes sociales, o en hombres de la
ciencia o de la cultura que viven dedicados a la
tarea de la paz, del bien común, de la convivencia,
de la justicia o de la cooperación internacional.
Pensemos en tantas y tantas personas que se consagran
con rigor moral y con entrega generosa a trabajos
verdaderamente útiles para la sociedad.
Tenemos que aprender a dialogar con todas esas
personas de buena voluntad. Quizás muchas
de esas personas, aparentemente alejadas de la
fe, están esperando, sin decirlo, el testimonio
y el apoyo de la Iglesia, nuestro apoyo, para defender
mejor y para impulsar el progreso auténtico
del hombre.
En este diálogo fecundo entre
personas de diversas creencias, nos ha dado un
claro ejemplo Benedicto XVI. La Academia Católica
de Baviera invitaba el 19 de enero del 2004 a un
diálogo público a dos de las más
grandes y famosas figuras del pensamiento europeo
actual: a un filósofo. Jürgen Habermas,
maestro por excelencia de la Escuela de Frankfurt
y a un teólogo, el cardenal Ratzinger, Prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la
fe. Tema del diálogo: “Fundamentos
prepolíticos, morales, de un Estado libre”.
Los dos tenían una preocupación común,
de gran envergadura: el peligro, a corto plazo,
del vaciamiento relativista y, por tanto, de la
fundamentación ética y moral del
orden político.
4.- El descubrimiento de valores culturales
que constituyen importantes puntos de apoyo para
anunciar el evangelio:
“El evangelio conduce a la cultura a su
perfección y la cultura auténtica
está abierta al evangelio” (24).Tenemos
que mirar con atención nuestro mu0ndo, nuestra
cultura para buscar y encontrar los verdaderos
valores, los valores auténticos, que nos
ofrece nuestra cultura, porque esos valores son
la puerta para entrar en el evangelio.
Indico alguna de estas puertas
abiertas a la trascendencia y al evangelio que
nos ofrece nuestra cultura:
* El desarrollo de la ecología
y el respeto a la naturaleza.
* La divulgación de los conocimientos científicos
* El arte y el interés
por la belleza
* El trabajo como realización
personal
* El deporte
* El desarrollo de
la ecología
y el respeto a la naturaleza:
“La luz de la fe esclarece el sentido de
la creación y las relaciones entre el hombre
y la naturaleza. San Francisco de Asís y
san Felipe de Neri son testigos y símbolos
del respeto a la naturaleza inscrito en la visión
cristiana del mundo creado. Este respeto tiene
su fuente en el hecho de que la naturaleza no es
propiedad del hombre; pertenece a Dios, su Creador,
quien le ha encomendado su dominio para que la
respete y encuentre en ella su legítima
subsistencia” (25).
* La divulgación de los conocimientos
científicos:
La divulgación de los conocimientos científicos
conduce con frecuencia al hombre a situarse ante
la inmensidad y ante la maravilla de la naturaleza
y a quedarse verdaderamente admirado y extasiado
ante las capacidades del ser humano y ante la inmensidad
del universo, sin llegar a reparar muchas veces
que el autor de tanta maravilla es Dios.
Una buena pastoral de la
cultura debe conducir al hombre hacia la trascendencia;
debe enseñarle
a recorrer el camino que parte de su experiencia
intelectual y humana para desembocar en el conocimiento
del Creador, utilizando con sabiduría y
con entusiasmo los mejores logros de la ciencia
moderna a la luz de la recta razón, debe
enseñar a razonar y a buscar con interés
el origen y la fuente de tanta maravilla.
A pesar de que la ciencia
gracias a su prestigio impregna la cultura contemporánea, sin embargo
no es capaz de captar el misterio del hombre, la
experiencia humana en su esencia más íntima
(los deseos y anhelos más hondos del corazón
humano: amor, libertad, seguridad, trascendencia,
fecundidad), ni es capaz de captar el origen último
de las cosas y su realidad más profunda.
Es verdad que la fe y la
ciencia no se pueden superponer, porque no están en el mismo
plano del conocimiento. No hay que confundir los
diferentes principios metodológicos de la
ciencia y de la fe. Lo que hay que hacer es distinguir;
pero distinguir para unir, distinguir para complementar.
Distinguir para hallar, por encima de la dispersión
de sentido en los compartimentos estancos del saber,
la síntesis armoniosa y el sentido unificante
de la totalidad que caracteriza una cultura plenamente
humana.
* El arte y el interés
por la belleza:
“En una cultura marcada por la primacía
del tener, la obsesión por la satisfacción
inmediata, el afán de lucro, la búsqueda
del beneficio, es sorprendente constatar, no solamente
la permanencia sino el crecimiento de un interés
por la belleza. Las formas que asumen este interés
parecen traducir la aspiración, que no solo
no desaparece, sino que se refuerza, a “algo
diferente” que fascina la existencia y, quizás
incluso la abre y la lleva más allá de
sí misma. La Iglesia lo ha intuido desde
el comienzo, y siglos de arte cristiano lo ilustran
magníficamente: la auténtica
obra de arte es potencialmente una puerta de entrada
para la experiencia religiosa. Reconocer la
importancia del arte para la inculturación
del evangelio, es reconocer que el genio y la sensibilidad
del hombre son connaturales a la verdad y a la
belleza del Misterio Divino. La Iglesia manifiesta
un profundo respeto por todos los artistas sin
hacer excepción de sus convicciones religiosas,
pues la obra artística lleva en sí misma
como una huella de lo invisible, aun cuando, como
todas las actividades humanas, el arte no tiene
en sí mismo su fin absoluto: está dirigido
a la persona humana." (26).
* El trabajo como
realización personal:
“El trabajo, a pesar
de la fatiga, es un bien del hombre... El
hombre mediante el trabajo no sólo transforma la naturaleza, sino que
se realiza a sí mismo como hombre, se hace
más hombre. Si se prescinde de esta
consideración no se puede comprender la
virtud de la laboriosidad (...) La conciencia
de que el trabajo humano es una participación
en la obra de Dios debe llegar incluso a los quehaceres
más ordinarios. Hace falta que esta espiritualidad
cristiana del trabajo llegue a ser patrimonio común
de todos. La conciencia de que, a través
del trabajo, el hombre participa en la obra de
la creación, constituye el móvil
más profundo para emprenderlo en los diversos
sectores.” (27).
* El deporte:
“Convertido en un fenómeno
casi universal, el
deporte tiene indiscutiblemente su lugar en una
visión cristiana de la cultura y puede
favorecer a la vez la salud física y las
relaciones interpersonales, ya que establece
relaciones y contribuye a forjar un ideal (...)
Es un lugar importante para una pastoral moderna
de la cultura. Siendo una realidad multiforme
y compleja a la vez cargada de simbolismo y de
valor comercial, el tiempo libre y el deporte,
más que una atmósfera crean como
una cultura, una forma de ser, una referencia.
Una pastoral adecuada podrá discernir
ahí los auténticos valores educativos,
como un trampolín para celebrar las riquezas
del hombre creado a imagen de Dios y, a ejemplo
del apóstol S. Pablo, anunciar la salvación
de Jesucristo: “¿No sabéis
que en las carreras del estadio, todos corren
mas sólo uno recibe el premio? ¡Corred
de manera que lo consigáis! Los
atletas se privan de todo; y eso ¡por una
corona corruptible! Así pues yo corro,
no como a la ventura; y me esfuerzo no como dando
golpes al vacío, sino que golpeo mi cuerpo
y lo domino; no sea que, habiendo exhortado a
los demás, resulte yo descalificado” (I
Cor. 9,24-27) (28).
5.- Actitudes del evangelizador
La Exhortación Apostólica de Pablo
VI “Evangelii nuntiandi” hace una
descripción muy certera de las actitudes
del evangelizador: “Actitudes interiores
que deben animar a los obreros de la evangelización”
* Vivir siempre bajo
el aliento del Espíritu:
No habrá nunca evangelización posible
sin la acción del Espíritu. Evangelizar
la cultura es encarnar a Cristo en la cultura.
Y el misterio de la encarnación fue por
obra del Espíritu Santo “Por obra del Espíritu Santo se encarnó y
se hizo hombre” El Espíritu Santo es el agente principal
de la Encarnación. Nosotros somos instrumentos
del Espíritu. Y la fecundidad de nuestra
acción evangelizadora dependerá de
nuestra docilidad al Espíritu. “Es
el Espíritu Santo quien impulsa a cada uno a anunciar el
evangelio y quien en lo hondo de la conciencia
hace aceptar y comprender la Palabra de salvación”
“Las técnicas de evangelización
son buenas, pero ni las más perfeccionadas
podrán reemplazar la acción discreta
del Espíritu. La preparación más
refinada del evangelizador no consigue absolutamente
nada sin El. Sin El la dialéctica más
convincente es impotente frente al espíritu
de los hombres. Sin El los esquemas elaborados
sobre bases sociológicas o psicológicas
se revelan pronto desprovistas de valor”)
(29).
* Ser testigos auténticos:
Nuestro mundo tiene sed de
verdad y sed de autenticidad. Los niños y los jóvenes tienen una
intuición especial para captar lo que es
auténtico y lo que es apariencia. Con ellos
no podemos aparentar. Nos lo notan enseguida.
“Tácitamente o a grandes gritos,
pero siempre con fuerza se nos pregunta: ¿creéis
verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís
lo que creéis? ¿Predicáis
lo que creéis?. Hoy especialmente el testimonio
de vida se ha convertido en una condición
esencial para evangelizar...El mundo exige y espera
de nosotros sencillez de vida, espíritu
de oración, caridad para con todos, especialmente
para los pequeños y los pobres, obediencia
y humildad, despego de sí mismo y renuncia.
Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente
abrirá brecha en el corazón de los
hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse
vana e infecunda” (30).
* Búsqueda
de la unidad:
Tenemos que evangelizar la
cultura de la violencia y de la confrontación siendo agentes de
unidad y promotores de paz y reconciliación;
dando nosotros mismos en las instituciones donde
trabajamos, un fuerte testimonio de unidad. La
unidad entre los discípulos de Jesús
es una condición indispensable para la evangelización: “Que
todos sea uno como tu Padre en Mi y Yo en Ti...
Para que el mundo crea que Tu me has enviado”
En su testamento espiritual
el Señor nos
dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente
la prueba de que somos suyos, sin también
la prueba de que Él es el enviado del Padre,
es la prueba de credibilidad no solo de los cristianos,
sino también del mismo Cristo.
Vivir nuestra vocación de educadores cristianos
y evangelizadores de la cultura supone participar
con Cristo en su misión de enviado del Padre
y está exigiéndonos, por tanto, un
testimonio de unidad.
“Nosotros debemos ofrecer no la imagen de
hombres divididos y separados por luchas internas
que no sirven para nada, sino la de hombres adultos
en la fe, capaces de encontrarse más allá de
las tensiones reales gracias a la búsqueda
común, sincera y desinteresada de la verdad” (31).
* Servidores de la verdad:
Jesús, Hijo de Dios
hecho hombre es la verdad.
El Evangelio que nos ha sido confiado es la Palabra
de la Verdad. “Una verdad que
nos hace libres y que es la única que procura
la paz del corazón. Esto es lo que la gente
va buscando cuando les anunciamos la Buena Nueva:
van buscando la verdad acerca
de Dios, la verdad acerca del
hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca
del mundo...” (32).
Nosotros no somos los dueños
de la verdad.
Somos servidores de la verdad, herederos de la
verdad. Estamos al servicio de la verdad.
Una verdad que nos ha sido entregada
por la Iglesia.
“El evangelizador será aquel
que, aun a costa de sacrificios y renuncias,
busca siempre la verdad que
debe trasmitir a los demás. Ni vende,
ni disimula la verdad por
deseo de agradar a los hombres o de causar asombro,
ni por originalidad o deseo de aparentar. No oscurece
la verdad revelada por pereza
de buscarla, por comodidad o por miedo. No deja
de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla”
Nuestro mundo
está ansioso
de verdad.
“El mundo nos pide
que guardemos, que defendamos y que comuniquemos
la verdad sin
reparar en sacrificios”, aunque
tengamos que nadar contracorriente y decir cosas
que no estén de moda.
*Animados por el amor:
“La obra de la evangelización
supone en el evangelizador un amor fraternal
siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza.
Mirar el mundo como lo mira Dios, acercarnos
a los hombres con el mismo respeto, amor y paciencia
con que el mismo Dios se acerca.
S. Pablo decía a los cristianos de Tesalónica
: “Llevados de nuestro amor por vosotros
queremos no sólo daros el evangelio sino
aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis
a sernos” (33). Evangelizar es participar
con Jesús en su misión salvadora,
es hacer presente el amor de Jesús, es dedicarse
sin reservas y sin mirar atrás al anuncio
de Jesucristo.
Y este dedicarse sin reservas
supone:
Respeto de
la situación
religiosa y espiritual de cada persona. Respeto
a su ritmo que no puede forzarse demasiado. Respeto
a su conciencia y a sus convicciones que no hay
que atropellar. La pedagogía de Dios con
su pueblo y de Jesús con sus discípulos
está llena de paciencia y de respeto.
No herir sobre
todo a los que son débiles en la fe. No herirles o escandalizarles
con afirmaciones que pueden ser muy claras para
los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación
para los “pequeños” en sus almas.
Hemos de tener una gran delicadeza a la hora de
hablar de la Iglesia o de sus pastores.
Trasmitir certezas
sólidas:
certezas basadas en la Palabra de Dios y en el
Magisterio auténtico de la Iglesia. No sembrar
dudas o incertidumbres nacidas de una erudición
mal asimilada.
* Con el fervor de los santos:
“Conservemos el fervor
espiritual. Conservemos la dulce y confortadora
alegría de evangelizar, incluso cuando hay
que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo
como Juan Bautista, como Pedro o como Pablo, como
los otros apóstoles, como esa multitud de
admirables evangelizadores que se han sucedido
a lo largo de la historia de la Iglesia, con un ímpetu
interior que nada ni nadie sea capaz de extinguir.
Sea esta la mayor alegría de nuestras vidas
entregadas. Y, ¡ojalá!, el mundo actual
que busca, a veces con angustia, a veces con esperanza,
pueda así recibir la Buena Noticia, no a
través de evangelizadores tristes y desalentados,
impacientes o ansiosos, sino a través de
ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor
de quienes han recibido, ante todo en sí mismos,
la alegría de Cristo, y aceptan consagrar
su vida a la tarea de anunciar el reino y de implantar
la Iglesia en el mundo” (34).
Notas
(1) Mt.28,19
(2) Ef. 4,13
(3) Discurso de Juan Pablo II a la
UNESCO. 1980. (n.11)
(4) Discurso de Juan Pablo II al
Consejo Pontificio de la Cultura 1983
(5) Gaudium et Spes, 53
(6) Discurso de Juan Pablo II a la
ONU, 1995
(7) Discurso de Juan Pablo II a la
UNESCO. 1980. (n.7)
(8) Exhortación Apostólica “Iglesia
en Europa”, 58. Juan Pablo II
(9) Carta autógrafa
de Juan Pablo II al cardenal Secretario de Estado
por la que se constituye el Pontificio Consejo
de la Cultura.1982.
El papa Pablo VI, recogiendo
el fruto de los trabajos de la Asamblea del Sínodo de los Obispos
sobre la evangelización, celebrado en otoño
de 1974, escribió: "El Evangelio, y
por tanto la evangelización, no se identifican
ciertamente con la cultura, y son independientes
respecto a todas las culturas. Sin embargo, el
Reino que el Evangelio anuncia, es vivido por hombres
profundamente ligados a una cultura, y la construcción
del Reino debe necesariamente servirse de los elementos
de la cultura y de las culturas humanas. Independiente
frente a las culturas, el Evangelio y la evangelización
no son necesariamente incompatibles con ellas,
sino capaces de impregnarlas todas, sin sujetarse
a ninguna" Evangelii Nuntiandi, n.
20.
Haciendo acopio del rico
legado de Pablo VI, del Concilio Ecuménico Vaticano II y del Sínodo
de los Obispos, Juan Pablo II creó en 1982
el Consejo Pontificio para la Cultura
Con la Carta Apostólica en forma de Motu
proprio Inde a Pontificatus, del 25 de
marzo de 1993, Juan Pablo II unió el Consejo
Pontificio para el Diálogo con los No-creyentes
(fundado en 1965 por Pablo VI) con el Consejo Pontificio
para la Cultura, para formar un único organismo
que lleva el nombre de Consejo Pontificio
de la Cultura.
(10) La fe y la razón
(Fides et ratio)
son como las dos alas con las cuales el espíritu
humano se eleva hacia la contemplación de
la verdad. Dios ha puesto en el corazón
del hombre el deseo de conocer la verdad y, en
definitiva, de conocerle a Él para que,
conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar
también la plena verdad sobre sí mismo
(cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26],
8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3,
2).
(11) Juan Pablo II. Discurso a la UNESCO. 2 de
Junio de 1980
(12) V Encuentro Mundial de las Familias. Benedicto
XVI. 9 de Julio de 2006
(13) Cfr. Conferencia Episcopal
Española.
Plan de acción para el trienio 1987-1990
(14) Juan Pablo II. Iglesia
en Europa. nn. 7-9. “ La época
que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta
en cierto modo desconcertante. Muchos hombres y
mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza,
y muchos cristianos están sumidos en este
estado de ánimo. Hay numerosos signos preocupantes
(...) Entre los muchos aspectos indicados con ocasión
del Sínodo, quisera recordar la pérdida
de la memoria y de la herencia cristianas,
unida a una especie de agnosticismo práctico
y de indiferencia religiosa, por la cual muchos
europeos dan la impresión de vivir sin base
espiritual y como herederos que han despilfarrado
el patrimonio recibido a lo largo de la historia
(...) Esta pérdida de la memoria histórica
va unida a un cierto miedo en afrontar
el futuro. Del futuro se tiene más
temor que deseo (...) Se está dando una difusa
fragmentación de la existencia (...)
se multiplican las divisiones y contraposiciones
(...) Junto co0n la difusión del individualismo
se nota un decaimiento creciente de la
solidaridad interpersonal (...) En la
raíz de la pérdida de la esperanza
está el intento de hacer prevalecer una
antropología sin Dios y sin Cristo(...)
No es extraño que en este contexto se haya
abierto un amplísimo campo para el libre
desarrollo del nihilismo en la
filosofía; del relativismo en
la gnoseologia y en la moral; y del pragmatismo
y hasta del hedonismo cínico en
la configuración de la existencia diaria”.
(15) Cfr. “El Sacerdote y la Educación”.
Orientaciones pastorales sobre el ministerio de
los sacerdotes en la acción educativa. .
Comisión Episcopal de Enseñanza y
Catequesis.. 1984. (nn. 35-40).
(16) Discurso de Juan Pablo II a la UNESCO (n.13).
1980.
(17) Juan Pablo II. Carta
a los jóvenes.
n.13: “ Las palabras de Cristo: Conoceréis
la verdad y la verdad os hará libres” vienen
a ser un programa esencial. Los jóvenes
- si nos podemos expresar así – tienen
un congénito sentido de la verdad. Y la
verdad debe servir para la libertad : los jóvenes
tiene también un espontáneo deseo
de libertad. ¿Qué significa ser libre?
Significa saber usar la propia libertad en la verdad,
ser verdaderamente libres. Ser verdaderamente
libres no significa en modo alguno hacer todo aquello
que me gusta o tengo ganas de hacer. La libertad
contiene en sí el criterio de la verdad,
la disciplina de la verdad . Ser verdaderamente
libres significa usar la propia libertad para lo
que es un bien verdadero”.
(18) Cfr. Conferencia Episcopal
Española. “Católicos
en la vida pública” n..90
(19) Pontificio Consejo para la Cultura. “Para
una Pastoral de la Cultura”. 1999.
n 14.
(20) Benedicto XVI. Encuentro
Mundial de las Familias. Homilía de la Vigilia de Oración
( 8 de Julio de 2006)
(21) Benedicto XVI. Encuentro
Mundial de las Familias. Homilía de la
Santa Misa. (9 de Julio de 2006).
(22) Juan Pablo II. Exhortación Apostólica “Iglesia
en Europa” n.59.
(23) Discurso de Juan Pablo II en la UNESCO (n.18)
1980.
(24) Juan Pablo II. Discurso al Consejo Pontificio
de la Cultura 1997.
(25) “Para una Pastoral de la Cultura”.
Consejo Pontificio de la Cultura 1999.
(26) “Para una Pastoral de la Cultura”.
Consejo Pontificio de la Cultura 1999
(27) Juan Pablo II. “Laborem Exercens”n.
9
(28) “Para una Pastoral de la Cultura”.
n.18. Consejo Pontificio de la Cultura.
(29) Pablo VI. Evangelii Nuntiandi. 15
(30) Pablo VI. “La evangelización
del mundo contemporáneo”. 76
(31) Ibíd..77
(32) Ibíd..79
(33) I Tes. 2,6
(34) Pablo VI. “La Evangelización
del mundo contemporáneo”. n.. 80
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