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Evangelización de la cultura

Desafíos y puntos de apoyo o ventanas para que el anuncio de Jesucristo entre en el mundo de la cultura europea contemporánea

Conferencia de Monseñor Joaquín María López de Andújar y Cánovas del Castillo, Obispo de Getafe, en la Mesa Redonda sobre la Historia de la Iglesia que tuvo lugar el 25 de octubre de 2006.

El anuncio de Jesucristo tiene que llegar también a la cultura europea contemporánea. La evangelización de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia. Para ello, la pastoral ha de asumir la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria: en la familia, la escuela, la comunicación social; en el mundo de la cultura, del trabajo y de la economía, de la política, del tiempo libre, de la salud, y la enfermedad. Hace falta una serena confrontación crítica con la actual situación cultural de Europa, evaluando las tendencias emergentes, los hechos y las situaciones de mayor relieve de nuestro tiempo, a la luz del papel central de Cristo y de la antropología cristiana.” (“Iglesia en Europa” n.58)   

Introducción
1.- Qué entendemos por cultura
2.- Qué entendemos por pastoral de la cultura o evangelización de la cultura
3.- Cuales son los desafíos más fuertes que la cultura está planteando a los educadores cristianos
4.- Cuales son las ventanas por las cuales la luz del evangelio puede entrar en el mundo de la cultura.
5.- Actitudes del evangelizador
Notas

Introducción  

El tema de la evangelización de la cultura es, en estos momentos, un tema de capital importancia para la Iglesia y para la sociedad y entra de lleno en la misión educativa de la Iglesia.  

Toda la misión de la Iglesia tiene un carácter educativo. El mandato recibido del Señor Jesús: “Id y haced discípulos de todos los pueblos...” (1), define esa misión educativa. La Iglesia trata de suscitar discípulos de Cristo y de educarlos hasta que lleguen al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (2). Educación y cultura son dos realidades íntimamente relacionadas. Decía Juan Pablo II: “La primera y esencial tarea de la cultura, en general y también de toda cultura, es la educación. La educación consiste, en efecto, en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda “ser” más y no sólo pueda “tener” más, y que , en consecuencia, a través de todo lo que “tiene” y “posee” separa “ser” más hombre. Para ello es necesario que el hombre sepa “ser” más no sólo “con los otros”, sino también “para los otros”. La educación tiene una importancia fundamental para la formación de la relaciones interhumanas y sociales” (3).   

Realmente la Iglesia se juega mucho en este diálogo evangelizador con la cultura. Ya en el Concilio la Iglesia reconoció una ruptura dramática entre la Iglesia y la cultura. El mundo moderno esta deslumbrado por sus conquistas y sus logros científicos y técnicos; pero con demasiada frecuencia cede ante ideologías y criterios de ética práctica y comportamientos que están en contradicción con el evangelio o, al menos, hacen caso omiso de los valores cristianos. Y el mismo Concilio comprometió a la Iglesia entera a ponerse a la escucha del hombre moderno para comprenderlo e inventar un nuevo tipo de diálogo que le permita introducir la originalidad del mensaje evangélico en el corazón de la mentalidad actual. Es necesario, “presentar la Palabra de Cristo en toda su lozanía a las generaciones jóvenes, cuyas actitudes, a veces, son difíciles de comprender para las mentalidades tradicionales, si bien están lejos de cerrarse a los valores espirituales” (4).

1.- qué entendemos por cultura  

Conviene, en primer lugar, concretar bien qué queremos decir cuando hablamos de cultura.

En primer lugar, en su dimensión activa o subjetiva , cultura es el cultivo por parte del hombre de los bienes y valores naturales. Un hombre culto es un hombre “cultivado”; un hombre que ha sabido aprovechar y cultivar los bienes y valores naturales que ha recibido. “Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales” (5) ( razón, sentimientos, emociones, capacidad creativa, capacidad de relación ... etc.)  

Intervención del Prof. Cervera
Imagen de la Mesa Redonda

En segundo lugar, la cultura entendida en su dimensión objetiva, es todo aquello con lo que el hombre desarrolla sus cualidades espirituales y corporales, somete la naturaleza, hace más humana la vida familiar y social y expresa sus experiencias y aspiraciones mediante obras (arte, ciencia, deporte, folklore, tradiciones ... etc.)  

 Finalmente, en su dimensión sociológica o etnológica, cultura es el modo de ser y de concebir la vida que tiene un pueblo determinado. Es su manera particular de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de cultivar las ciencias, las artes y la belleza. En este sentido se puede hablar de pluralidad de culturas.   

Estas tres formas de entender la cultura son complementarias y a ellas me iré refiriendo indistintamente, poniendo especialmente el acento en nuestra cultura europea contemporánea.  

“Toda cultura es en última instancia un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y, en particular del hombre: es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana. En el fondo el corazón de cada cultura esta constituido por su acercamiento al más grandes de los misterios: el misterio de Dios”  (6).

La cultura es “aquello, a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, es más, accede más al ser” (8).  

2.- Qué entendemos por pastoral o evangelización de la cultura  

La pastoral de la cultura es decisiva para lo que Juan Pablo II llamaba la nueva evangelización.  

Evangelizar la cultura es en definitiva introducir la originalidad del evangelio en el corazón de la mentalidad actual: “Imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria” (8).  

 Se trata no sólo de injertar la fe en la cultura europea contemporánea, sino también de devolver la vida que brota del evangelio a un mundo descristianizado cuyas referencias cristianas, indudables, que han configurado su vida y su historia, o son negadas o se han convertido en algo puramente formal o externo.  

“Una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad.” (9).  

Evangelizar la cultura significa hacer que el evangelio impregne el alma de la cultura. Pero eso hay que hacerlo con una actitud de reciprocidad y de diálogo. Hace falta un acercamiento a la cultura de modo que los valores universales del hombre sean acogidos allí donde estén. Los cristianos y especialmente los educadores tenemos el deber de estar a la escucha del hombre moderno, no para aprobar todos sus comportamientos, sino ante todo para descubrir sus esperanzas y aspiraciones más hondas y que en muchas ocasiones están latentes para hacerle consciente de ellas.  

Evangelizar la cultura supone, por tanto, caer en la cuenta de que, en esta relación dinámica de la Iglesia con el mundo contemporáneo, los cristianos tenemos mucho que recibir y mucho que dar. El Concilio Vaticano II insistió en este punto; y, siempre es necesario recordarlo. Pensemos en las investigaciones científicas que nos han llevado a un mejor conocimiento del universo y a una mayor profundización del misterio del hombre. Pensemos en los beneficios que pueden proporcionar a la Iglesia y al mundo los nuevos medios de comunicación. Pensemos en la capacidad inmensa que el hombre ha ido adquiriendo para producir bienes económicos y culturales; y, sobre todo, para que la educación y la cultura llegue prácticamente a la población entera. O, pensemos, en el avance espectacular de la medicina que ha hecho posible la curación de enfermedades que, en otro tiempo, eran consideradas incurables.  

En la evangelización de la cultura, la Iglesia - Pueblo de Dios - se siente solidaria del mundo en que vive y reconoce los descubrimientos y realizaciones de nuestros contemporáneos y participa en la medida de sus posibilidades en todas las iniciativas que ayuden al hombre a crecer y desarrollarse en plenitud. Tenemos que despertar en nosotros y en nuestra relación con la cultura una gran capacidad de acogida y de admiración.  

Pero, al mismo tiempo, la evangelización de la cultura, debe llevar consigo un sentido muy lúcido de discernimiento, en la búsqueda del bien del hombre, a la luz de la razón y a la luz de la revelación: las dos alas que Dios ha dado al hombre para alcanzar la verdad (10).   

Al impulsarnos a evangelizar, nuestra fe nos invita y nos empuja a amar al hombre en sí mismo, sin ningún tipo de manipulación. Hoy, quizás más que en otras épocas, el hombre (y especialmente el hombre que se está haciendo, es decir, el niño, el adolescente y el joven) necesita que se le defienda de los riesgos que amenazan su desarrollo y su dignidad. La luz que brota de las fuentes del evangelio y el respeto inmenso al ser humano que surge del Misterio de la Encarnación del Verbo, nos impulsan a proclamar que el hombre, todo hombre, toda vida humana, merece honor y amor por sí misma y debe ser respetada en su dignidad. Nuestro amor al hombre nos debe infundir el valor de denunciar las concepciones que reducen al ser humano a una cosa que se puede manipular, o se puede humillar o se puede eliminar física o espiritualmente de una manera arbitraria. Sabemos perfectamente que hoy el hombre sufre amenazas muy serias en su mismo ser moral, en su verdad moral, porque hoy el hombre es sometido de una manera -me atrevo a decir- descarada, e incluso con la pretensión de ser presentado como un avance cultural, a corrientes hedonistas que exasperan sus instintos y lo deslumbran con un ansia de consumo indiscriminado y con fines exclusivamente comerciales. Y, sabemos perfectamente, lo fácil que es manipular la opinión publica con sugerencias engañosas introduciendo valores y planteamientos vitales (sobre la familia, el trabajo, el tiempo libre … etc.) ante los que hemos de mantenernos con una actitud vigilante y con una actitud verdaderamente crítica para que no aparezca como valor cultural lo que realmente es degradante para el hombre y un obstáculo para la convivencia.

En lo que se refiere a la evangelización de la cultura siguen teniendo una gran actualidad las palabras que pronunció el Papa en la UNESCO el año 1980: “Hay que afirmar al hombre por él mismo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡Únicamente por él mismo! Más aún, hay que amar al hombre porque es hombre, hay que reivindicar el amor por el hombre en razón de la particular dignidad que posee. El conjunto de las afirmaciones que atañen al hombre pertenecen a la sustancia misma del mensaje de Cristo y de la misión de la Iglesia, a pesar de todo lo que los espíritus críticos hayan podido declarar sobre este punto y a pesar de todo lo que hayan podido hacer las diversas corrientes opuestas a la religión en general y al cristianismo en particular” (11).

Y hace muy pocos días, en Valencia, Benedicto XVI, dirigiéndose a las familias del mundo entero se pronunciaba en los mismos términos. “venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro.” (12). En este origen divino del hombre y en su semejanza a Dios se fundamenta la dignidad del hombre y su propia identidad. Y sin esta verdad irrenunciable el hombre estaría a merced de cualquier ideología totalitaria.  

 Como evangelizadores de la cultura, los cristianos tenemos la obligación de familiarizarnos con el ambiente socio-cultural que nos ha tocado vivir para, en ese ambiente, poner el fermento humanizador del evangelio. Tenemos que poner esa fuente viva de amor a la dignidad del hombre que es el Evangelio en todo lo que concierne al hombre de hoy: en sus modos de pensar y de comportarse, en su forma de trabajar y de divertirse; tenemos que poner esa semilla del evangelio en lo que es su ser cultural, su modo de vivir y de expresarse. Por eso el educador cristiano y evangelizador de la cultura debe preguntarse todos los días: ¿cómo hablar al corazón y a la inteligencia del hombre moderno para anunciarle la palabra salvadora de Cristo? ¿Cómo lograr que nuestros coetáneos sean más sensibles al valor único e inviolable de la persona humana, a la dignidad de cada individuo? ¿Cómo anunciarles que Jesucristo , camino, verdad y vida del hombre” ha dado novedad a todas las cosas, al darse a sí mismo” (S. Ireneo)  

Nosotros, preocupados por los problemas de la cultura, debemos ayudar a la Iglesia a ser creadora de cultura en su relación con el mundo moderno. Realmente seríamos infieles a nuestra misión de evangelizar a las nuevas generaciones si las dejáramos abandonadas y sin comprender la cultura en la que han nacido o con una actitud acrítica respecto a ella. Seríamos infieles si no abriéramos caminos de creatividad cultural. Seríamos infieles a la caridad y al amor, que nos debe animar, si no viéramos donde está hoy el hombre amenazado y si no proclamáramos con nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestros gestos y con nuestras nuevas propuestas culturales la necesidad de defender la dignidad del hombre y librarlo de las opresiones que lo esclavizan y humillan.   

3.- ¿cuáles son los desafíos más fuertes que la cultura, llamada dominanante, está planteando a la fe?  

Para centrar el tema en lo que es nuestra responsabilidad más directa como evangelizadores me voy a fijar en primer lugar en algunos rasgos muy preocupantes de las tendencias culturales que en este momento parecen dominar el panorama cultural en el que nos movemos y veremos después la repercusión que estas tendencias están teniendo en el modo de pensar y relacionarse de la gente más joven y, por tanto más vulnerable a estas tendencias culturales.  

No es fácil analizar con exactitud estas tendencias culturales. Señalaré solamente algunos rasgos dominantes, fácilmente constatables (13):  

1.- En primer lugar hay que destacar la búsqueda del bienestar, de la abundancia y del éxito como estado normal e inmediato al que ningún otro valor moral se puede anteponer. Este bienestar se presenta con un claro componente sensual o sensualista (consumismo, dinero, sexo indiscriminado...) y con una actitud de indiferencia hacia otros graves problemas morales como el pansexualismo, el aborto, el relativismo moral, al indiferencia ante el sufrimiento y la pobreza, etc.  

2.- Un segundo rasgo: la exaltación de la libertad indeterminada del individuo separada de la verdad, como valor supremo en función del cual se zanjan todas las demás cuestiones. No se admiten compromisos definitivos vinculantes, ni se acepta la intromisión de instituciones civiles, familiares o religiosas en la conducta personal. La tolerancia y permisividad tienen que ser totales. En realidad todo se considera como objetivamente indiferente. El único valor real es la conveniencia personal y el bienestar individual. En consecuencia se fomenta la relativización de todo, la indiferencia y el permisivismo total. Esta mentalidad alimenta una reacción instintiva contra todo lo institucional. (14).  

3.- La actitud ante lo religioso, dentro y fuera de la Iglesia, está afectada por esta situación. Dios, la religión y la moral confesional, la pertenencia a la Iglesia, aparecen con frecuencia para algunos como contrarios a la felicidad del hombre. Como resultante de estas actitudes, hay que señalar una especial dificultad para aceptar y valorar el carácter institucional de la vida religiosa y moral, con las consecuencias que ello tiene para la comprensión de la Iglesia, el aprecio de la Tradición, la aceptación del Magisterio y de sus normas, ya sean de orden moral o jurídico, la participación en la vida sacramental y, en general todo aquello que sea el ejercicio de la vida cristiana en el marco comunitario e institucional.  

Curiosamente se está produciendo un fenómeno simultáneo y aparentemente contradictorio. Es el fenómeno del llamado “retorno a lo sagrado”, que tiene muchas manifestaciones, algunas de ellas dentro de la Iglesia como es el caso la religiosidad popular (fiestas patronales, romerías, procesiones...). Se está produciendo toda una corriente en la que se entremezclan secularismo y expresiones religiosas populares. Se trata, en el fondo, de una nueva búsqueda de espiritualidad o espiritualismo, más que de religión. Es la expresión, más o menos difusa, del deseo de encontrar una dimensión espiritual que sea también fuente de sentido para la vida, así como la expresión de un anhelo profundo de reconstruir, de alguna forma, las relaciones afectivas y de llenar la soledad producida por la gran inestabilidad que se esta produciendo en la institución familiar y la falta de ámbitos de relación personal, de convivencia y de calor humano. Este fenómeno llevado a sus últimas consecuencias nos llevaría al tema de la proliferación de las sectas, del esoterismo y de toda una serie de fenómenos muy peligrosos y enormemente destructivos, pero que son, por lo menos hasta ahora, muy minoritarios. Todo ello tiene mucho que ver con el fenómeno pseudoreligioso de la “Nueva Era”.  

La repercusión que estas tendencias culturales tienen en los adolescentes y en los jóvenes es muy grande. Vamos a ver brevemente como estas tendencias repercuten en su modo de pensar, en su modo de amar y de relacionarse y en su modo de concebir la libertad y la conciencia moral (15).

1.- En su modo de pensar:  

El predominio de los saberes técnicos conduce a los jóvenes de hoy a una forma de pensamiento unidimensional, cuantitativa, que la viven plenamente y con la que no se toma realmente en serio más que lo que es útil, lo que puede verificarse cuantitativamente y sobre todo lo que conduce a una eficacia práctica.  

 En su discurso a la UNESCO, Juan Pablo II se preguntaba: “ (...) en el conjunto del proceso educativo de la educación escolar ¿no ha tenido lugar un desplazamiento unilateral hacia la instrucción en el sentido estricto del término? Si se consideran las proporciones que ha tomado este fenómeno, así como el crecimiento sistemático de la instrucción que se refiere únicamente a lo que posee el hombre ¿no es el hombre quien se encuentra cada vez más oscurecido? Esto lleva consigo una verdadera alineación de la educación: en lugar de obrar a favor de lo que el hombre debe “ser”, la educación actúa únicamente a favor de lo que el hombre puede crecer en el aspecto del “tener”, de la “posesión”. La siguiente etapa de esta alineación es habituar al hombre, privándole de su propia subjetividad, a ser objeto de múltiples manipulaciones: las manipulaciones ideológicas o políticas que se hacen a través de la opinión pública; las que tienen lugar a través del monopolio o del control, por parte de las fuerzas económicas o de los poderes políticos, de los medios de comunicación social; la manipulación, finalmente, que consiste en enseñar la vida como manipulación específica de sí mismo” (16).

Esta forma de pensamiento, producto de una cultura científico técnica, hace que se de en los jóvenes un exceso de informaciones, que llega a sobrepasarles: informaciones, muchas veces divergentes y sin que puedan llegar a jerarquizarlas o sintetizarlas.

Durante estos últimos años los jóvenes han crecido en la incertidumbre. Han escuchado, sin asimilarlas, las opiniones críticas más divergentes; no han podido, por consiguiente, conocer ni disponer de verdades estables. Dentro del campo de las ideologías y de los diversos planteamientos de vida se ven acuciados por la dificultad de elegir, sin tener medios para decidirse. Pertenecen a una generación para quienes toda creencia se ha vuelto difícil. Ya no viven bajo el régimen de la creencia sino del deseo. De hecho actúan movidos por el deseo de vivir intensamente, de viajar, de reunirse, de hablar, de intercambiar, sin querer ni poder situarse. La crisis que sufren no afecta propiamente a la fe cristiana, sino a la capacidad de creer como tal.  

2.- En su modo de amar y relacionarse:  

Sorprendentemente, a pesar de las inmensas posibilidades técnicas de relación y comunicación que hoy tenemos, el mundo de relaciones afectivas que viven los jóvenes es, con frecuencia, muy pobre y muy reducido.  

El primer ambiente que, en muchos casos, se ha convertido en un medio muy pobre es el ambiente familiar. Por desgracia, la familia muchas veces ha dejado de ser para el joven un lugar donde poder comunicar los problemas e inquietudes que realmente le afectan.  

Muchos jóvenes, hoy día, viven una gran soledad. Los modos de comunicación elemental que consiguen, a través de la música o de deporte no pueden satisfacerles plenamente.  

3.- En su modo de concebir la libertad y la conciencia moral:  

La libertad es concebida, no tanto como la libertad para una vida moral responsable, auténtica y exigente, sino como la pura liberación de cualquier atadura, como la mera autoafirmación de uno mismo sin referencia a una causa o a un orden moral que trascienda el interés inmediato.  

Una cultura como la nuestra, consumista, centrada en la satisfacción inmediata de las necesidades, precisa estimular constantemente al hombre y hacer que sus respuestas sean inmediatas y reiteradas. No favorece la consolidación de una libertad verdaderamente humana, basada en una distancia madura entre el estímulo y la respuesta y en unas decisiones sólidas y permanentes; es más bien una cultura permisiva. La juventud vive sumergida en una sociedad donde los criterios morales se han relajado y la conducta está muy condicionada por los estímulos del ambiente social.  

En un ambiente así no es extraño que los jóvenes crean muchas veces que no son posibles, ni tienen sentido, las decisiones humanas irrevocables; los compromisos permanentes. Creen que tales decisiones impiden o hacen difícil una vida humana auténtica, al cerrar el paso a otras posibles futuras decisiones y cancelar o impedir una renovación constante de la experiencia. El joven no quiere con esas decisiones hipotecar su futuro.  

Esta característica de la juventud actual afecta al mismo núcleo de la fe, que implica una vinculación definitiva e irrevocable a Cristo, un compromiso vital y duradero con los valores del evangelio y una respuesta de por vida a invitaciones personales de Dios (matrimonio, sacerdocio...)  

Sin embargo, a pesar de todo lo que estamos diciendo, en el fondo de todo joven está latente, esperando ser despertado, el deseo profundo de llenar su vida con una tarea que le ilusione y un ideal al que entregarse. (El atractivo que suscitó en muchos jóvenes la figura del Papa Juan Pablo II estaba sin duda en su autenticidad y en su valentía para plantearles con toda claridad y sin recortes o condescendencias un ideal de vida y una tarea verdaderamente ilusionante). Y ésta es nuestra tarea como educadores: ofrecerles todo un proyecto de vida que les llene plenamente: el proyecto de vida evangélico, el proyecto de Jesucristo, vivo y presente en su Cuerpo que es la Iglesia (17).  

4.- Cuáles son las ventanas por las que pueda entrar la luz del Evangelio en nuestra cultura europea contemporánea  

1.- Nosotros mismos. Los cristianos mismos. El atractivo y la belleza de la vida cristiana:   

El primer punto de apoyo somos nosotros mismos: nuestro testimonio, la calidad de nuestra fe y de nuestro ardor apostólico. El encuentro con Cristo transforma la vida. Y esa vida transformada en Cristo entraña un enorme atractivo. En estos últimos días pasados en Valencia, con motivo de la Jornada Mundial de la Familia, se palpaba por todas partes la belleza y la alegría del proyecto cristiano de la familia. Era realmente, como el Papa, la definió, “una multitud jubilosa”.

 Pero, junto a ese atractivo personal, habrá que unir también, especialmente en los que tenemos responsabilidades en el mundo de la educación, la calidad de nuestra preparación y formación teológica y nuestra formación permanente continua. No podemos dar por definitivamente sabido nada. Hay que seguir profundizando en los temas y vivencias que trasmitimos, hay que asimilar esos temas, interiorizarlos, llevarlos a la oración y buscar continuamente, y creativamente recursos pedagógicos para poder trasmitir a las nuevas generaciones esos conocimientos No basta la buena voluntad. Los nuevos descubrimientos de la ciencia, los movimientos migratorios, con su enorme repercusión el mundo de la cultura, y las transformaciones aceleradas que se están produciendo en el modo de vivir de las gentes, plantean continuamente importantes retos a la fe, a los que es necesario dar respuestas adecuadas.

Y, sobre todo, hoy es especialmente importante tener muy viva la conciencia de pertenecer a un Pueblo, el Pueblo de Dios, la Iglesia. Un Pueblo al que amamos y en el que nos sentimos felices. Un Pueblo abierto a todas las gentes. Tenemos que sentir y trasmitir con calor el deseo de que otras personas puedan compartir con nosotros y con todos los cristianos el gozo de pertenecer a ese Pueblo. Por eso, para fortalecer en nosotros el sentido de pertenencia a la Iglesia y que ese sentido de pertenencia no se quede sólo en el terreno de las ideas hemos de superar los individualismos, fomentar por todo los medios, naturales y sobrenaturales, nuestros lazos de comunión; y acoger con docilidad la Tradición viva de la Iglesia y su Magisterio auténtico.  

Tenemos que destacar que lo primero y principal en la evangelización de la cultura es el testimonio vivo del evangelizador. El testimonio cristiano del evangelizador es fundamental para que el anuncio explícito del evangelio sea una palabra que tenga como referencia inmediata una vida, la vida del discípulo de Cristo.

Por medio del testimonio de los cristianos, la luz del evangelio y los valores del Reino, van impregnando la vida ordinaria y las estructuras sociales, y purifican constantemente esa vida social de las consecuencias del pecado, confirman cuanto en ella hay de noble y verdadero y potencian su esfuerzo hacia metas más altas de humanidad, hacia la consecución de una civilización y cultura más humanas (18).  

2.- La familia:  

El documento “Para una pastoral de la cultura” del Consejo Pontificio de la Cultura habla así de la familia como fuente de cultura:   

“Cuna de la vida y del amor la familia es también fuente de cultura. Acoge la vida y es escuela de humanidad donde mejor aprenden los futuros esposos a convertirse en padres responsables... Es el lugar privilegiado del crecimiento de la persona y de la sociedad. La experiencia lo demuestra: el conjunto de las civilizaciones y la cohesión de los pueblos dependen, por encima de todo, de la calidad humana de las familias, especialmente de la presencia complementaria de los dos padres con los papeles respectivos del padre y la madre en la educación de los hijos. En una sociedad donde crece el número de los que no tienen familia, la educación se hace más difícil, así como la transmisión de una cultura popular modelada por el evangelio.  

Las situaciones dolorosas merecen comprensión, caridad y solidaridad. Pero en ningún caso se pueden presentar como nuevo modelo de vida social lo que es un trágico fracaso de la familia. Las campañas de opinión y las políticas antifamiliares o antinatalistas constituyen otros tantos intentos de modificar el concepto mismo de “familia” hasta vaciarlo de contenido. En este contexto, formar una comunidad de vida y amor que una a los esposos asociándolos al Creador, constituye la mejor aportación cultural que las familias cristianas pueden dar a la sociedad” (19).

Las intervenciones de Benedicto XVI en el Encuentro Mundial de las Familias han sido especialmente iluminadoras para destacar el valor insustituible de la familia como fuente de cultura, escuela de humanidad y lugar privilegiado para el crecimiento de la persona y la sociedad.  

“La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio, como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos” (20).  

Y refiriéndose concretamente a la familia como trasmisora de valores y de cultura, decía el Papa: “Cuando un niño nace, a través de la relación con los padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto los padres tienen el derecho y el deber inalienables de transmitirlo a los hijos; educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de asumir una síntesis personal entre lo que han recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar” (21).

3.- La Escuela:   

Lo propio de la Escuela es ser el lugar, donde se trasmite la cultura de un modo sistemático, orgánico y crítico. En ella deben integrarse la educación humana y la educación de la fe en un único proceso formativo. Al incluir la formación religiosa dentro de la maduración de la personalidad humana, se evita que la fe aparezca como algo añadido o yuxtapuesto a ella. Ese divorcio produciría en el joven como una separación o ruptura entre el hombre y el creyente; como si la fe fuera un añadido que no afecta a las dimensiones mas profundas de la personalidad humana. Las consecuencias de esa ruptura son gravísimas.  

Por eso la ausencia de la clase de religión en la Escuela y su reclusión en los espacios intraeclesiales, tal como propone el laicismo, empobrecería a la fe de forma irreparable al no posibilitarle su confrontación, siempre enriquecedora, con la cultura y con la ciencia. La síntesis entre la fe y la cultura no sólo es una exigencia de la cultura, sino también de la fe.  

Dentro de este planteamiento de una educación integral es como hay que situar la enseñanza religiosa escolar en la Escuela Pública.  

Los cristianos estamos convencidos, y por eso debemos decirlo y proponerlo con todos los medios que tengamos a nuestro alcance, del valor humanizador del evangelio para una existencia humana que quiera abrirse a la realidad total del mundo y de la cultura, sin cerrar ni bloquear ninguna dimensión del espíritu humano y estamos convencidos además de la fuerza y fecundidad del evangelio para liberar y dar plenitud al hombre ofreciéndole sentido, verdad y esperanza.   

También, bajo esta perspectiva y como servicio a la sociedad, conviene destacar la importancia de la presencia de la Iglesia en la Universidad tanto en el campo de la enseñanza como en el de la pastoral. La pastoral universitaria apunta principalmente a la evangelización de la inteligencia y a la creación de nuevas síntesis entre la fe y la cultura. La Universidad, haciendo honor a su nombre y a su vocación, debe estar abierta a la universalidad de los saberes y no cerrar sus puertas al saber teológico como ciencia que plantea, de forma orgánica y sistemática, el diálogo, siempre fecundo y humanizador, entre la razón y la fe revelada.  

En cuanto a las escuelas y las universidades católicas, también habría mucho que decir. “En la tarea de la evangelización de la cultura hay que destacar el importante servicio desarrollado por las escuelas católicas. Es necesario esforzarse para que se reconozca una libertad efectiva de educación e igualdad jurídica entre las escuelas estatales y no estatales. Estas últimas, las de iniciativa social, son a veces el único medio para proponer la tradición cristiana a los que se encuentran alejados de ella. Exhorto a los fieles implicados en el mundo de la escuela a perseverar en su misión, llevando la luz de Cristo salvador en sus actividades educativas específicas, científicas y académicas. Se debe valorar, en particular, la contribución de los cristianos dedicados a la investigación o que enseñan en las Universidades con su ‘servicio intelectual’, que trasmiten a las jóvenes generaciones los valores de un patrimonio cultural enriquecido por dos milenios de experiencia cristiana” (22).  

Sigue siendo actual, en nuestro país, la firme reivindicación que Juan Pablo II hizo en la UNESCO: “Permítaseme reivindicar en este lugar para las familias católicas el derecho que toda familia tiene de educar a sus hijos en escuelas que correspondan a su propia visión del mundo, y en particular al estricto derecho de los padres creyentes a no ver a sus hijos, en las escuelas, sometidos a programas inspirados en el ateismo. Este es en efecto uno de los derechos fundamentales del hombre y de la familia” (23).

3.- La colaboración con todas las personas de buena voluntad, sin exclusiones previas:  

En nuestro trabajo de evangelización de la cultura estamos llamados a colaborar con todos los hombres de buena voluntad. Tenemos que saber descubrir que el Espíritu del bien está misteriosamente en la acción de muchos contemporáneos nuestros, incluso en algunos que se confiesan sin religión alguna, pero buscan honestamente el desarrollo pleno de su vocación humana con valentía. Pensemos en tantos padres y madres de familia, en tantos educadores, en estudiantes, en obreros, en líderes sociales, o en hombres de la ciencia o de la cultura que viven dedicados a la tarea de la paz, del bien común, de la convivencia, de la justicia o de la cooperación internacional. Pensemos en tantas y tantas personas que se consagran con rigor moral y con entrega generosa a trabajos verdaderamente útiles para la sociedad. Tenemos que aprender a dialogar con todas esas personas de buena voluntad. Quizás muchas de esas personas, aparentemente alejadas de la fe, están esperando, sin decirlo, el testimonio y el apoyo de la Iglesia, nuestro apoyo, para defender mejor y para impulsar el progreso auténtico del hombre.  

En este diálogo fecundo entre personas de diversas creencias, nos ha dado un claro ejemplo Benedicto XVI. La Academia Católica de Baviera invitaba el 19 de enero del 2004 a un diálogo público a dos de las más grandes y famosas figuras del pensamiento europeo actual: a un filósofo. Jürgen Habermas, maestro por excelencia de la Escuela de Frankfurt y a un teólogo, el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. Tema del diálogo: “Fundamentos prepolíticos, morales, de un Estado libre”. Los dos tenían una preocupación común, de gran envergadura: el peligro, a corto plazo, del vaciamiento relativista y, por tanto, de la fundamentación ética y moral del orden político.  

4.- El descubrimiento de valores culturales que constituyen importantes puntos de apoyo para anunciar el evangelio:  

“El evangelio conduce a la cultura a su perfección y la cultura auténtica está abierta al evangelio” (24).Tenemos que mirar con atención nuestro mu0ndo, nuestra cultura para buscar y encontrar los verdaderos valores, los valores auténticos, que nos ofrece nuestra cultura, porque esos valores son la puerta para entrar en el evangelio.  

Indico alguna de estas puertas abiertas a la trascendencia y al evangelio que nos ofrece nuestra cultura:  

* El desarrollo de la ecología y el respeto a la naturaleza.  

* La divulgación de los conocimientos científicos

* El arte y el interés por la belleza

* El trabajo como realización personal

* El deporte  

* El desarrollo de la ecología y el respeto a la naturaleza:  

“La luz de la fe esclarece el sentido de la creación y las relaciones entre el hombre y la naturaleza. San Francisco de Asís y san Felipe de Neri son testigos y símbolos del respeto a la naturaleza inscrito en la visión cristiana del mundo creado. Este respeto tiene su fuente en el hecho de que la naturaleza no es propiedad del hombre; pertenece a Dios, su Creador, quien le ha encomendado su dominio para que la respete y encuentre en ella su legítima subsistencia” (25).

* La divulgación de los conocimientos científicos:  

La divulgación de los conocimientos científicos conduce con frecuencia al hombre a situarse ante la inmensidad y ante la maravilla de la naturaleza y a quedarse verdaderamente admirado y extasiado ante las capacidades del ser humano y ante la inmensidad del universo, sin llegar a reparar muchas veces que el autor de tanta maravilla es Dios.  

Una buena pastoral de la cultura debe conducir al hombre hacia la trascendencia; debe enseñarle a recorrer el camino que parte de su experiencia intelectual y humana para desembocar en el conocimiento del Creador, utilizando con sabiduría y con entusiasmo los mejores logros de la ciencia moderna a la luz de la recta razón, debe enseñar a razonar y a buscar con interés el origen y la fuente de tanta maravilla.  

A pesar de que la ciencia gracias a su prestigio impregna la cultura contemporánea, sin embargo no es capaz de captar el misterio del hombre, la experiencia humana en su esencia más íntima (los deseos y anhelos más hondos del corazón humano: amor, libertad, seguridad, trascendencia, fecundidad), ni es capaz de captar el origen último de las cosas y su realidad más profunda.  

Es verdad que la fe y la ciencia no se pueden superponer, porque no están en el mismo plano del conocimiento. No hay que confundir los diferentes principios metodológicos de la ciencia y de la fe. Lo que hay que hacer es distinguir; pero distinguir para unir, distinguir para complementar. Distinguir para hallar, por encima de la dispersión de sentido en los compartimentos estancos del saber, la síntesis armoniosa y el sentido unificante de la totalidad que caracteriza una cultura plenamente humana.  

* El arte y el interés por la belleza:  

“En una cultura marcada por la primacía del tener, la obsesión por la satisfacción inmediata, el afán de lucro, la búsqueda del beneficio, es sorprendente constatar, no solamente la permanencia sino el crecimiento de un interés por la belleza. Las formas que asumen este interés parecen traducir la aspiración, que no solo no desaparece, sino que se refuerza, a “algo diferente” que fascina la existencia y, quizás incluso la abre y la lleva más allá de sí misma. La Iglesia lo ha intuido desde el comienzo, y siglos de arte cristiano lo ilustran magníficamente: la auténtica obra de arte es potencialmente una puerta de entrada para la experiencia religiosa. Reconocer la importancia del arte para la inculturación del evangelio, es reconocer que el genio y la sensibilidad del hombre son connaturales a la verdad y a la belleza del Misterio Divino. La Iglesia manifiesta un profundo respeto por todos los artistas sin hacer excepción de sus convicciones religiosas, pues la obra artística lleva en sí misma como una huella de lo invisible, aun cuando, como todas las actividades humanas, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto: está dirigido a la persona humana." (26).  

* El trabajo como realización personal:  

“El trabajo, a pesar de la fatiga, es un bien del hombre... El hombre mediante el trabajo no sólo transforma la naturaleza, sino que se realiza a sí mismo como hombre, se hace más hombre. Si se prescinde de esta consideración no se puede comprender la virtud de la laboriosidad (...) La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios debe llegar incluso a los quehaceres más ordinarios. Hace falta que esta espiritualidad cristiana del trabajo llegue a ser patrimonio común de todos. La conciencia de que, a través del trabajo, el hombre participa en la obra de la creación, constituye el móvil más profundo para emprenderlo en los diversos sectores.”  (27).

* El deporte:  

“Convertido en un fenómeno casi universal, el deporte tiene indiscutiblemente su lugar en una visión cristiana de la cultura y puede favorecer a la vez la salud física y las relaciones interpersonales, ya que establece relaciones y contribuye a forjar un ideal (...) Es un lugar importante para una pastoral moderna de la cultura. Siendo una realidad multiforme y compleja a la vez cargada de simbolismo y de valor comercial, el tiempo libre y el deporte, más que una atmósfera crean como una cultura, una forma de ser, una referencia. Una pastoral adecuada podrá discernir ahí los auténticos valores educativos, como un trampolín para celebrar las riquezas del hombre creado a imagen de Dios y, a ejemplo del apóstol S. Pablo, anunciar la salvación de Jesucristo: “¿No sabéis que en las carreras del estadio, todos corren mas sólo uno recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible! Así pues yo corro, no como a la ventura; y me esfuerzo no como dando golpes al vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo domino; no sea que, habiendo exhortado a los demás, resulte yo descalificado” (I Cor. 9,24-27) (28).

5.- Actitudes del evangelizador  

La Exhortación Apostólica de Pablo VI “Evangelii nuntiandi” hace una descripción muy certera de las actitudes del evangelizador: “Actitudes interiores que deben animar a los obreros de la evangelización”  

* Vivir siempre bajo el aliento del Espíritu:   

No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu. Evangelizar la cultura es encarnar a Cristo en la cultura. Y el misterio de la encarnación fue por obra del Espíritu Santo “Por obra del Espíritu Santo se encarnó y se hizo hombre” El Espíritu Santo es el agente principal de la Encarnación. Nosotros somos instrumentos del Espíritu. Y la fecundidad de nuestra acción evangelizadora dependerá de nuestra docilidad al Espíritu. “Es el Espíritu Santo quien impulsa a cada uno a anunciar el evangelio y quien en lo hondo de la conciencia hace aceptar y comprender la Palabra de salvación”  

“Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrán reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El la dialéctica más convincente es impotente frente al espíritu de los hombres. Sin El los esquemas elaborados sobre bases sociológicas o psicológicas se revelan pronto desprovistas de valor”) (29).  

* Ser testigos auténticos:  

Nuestro mundo tiene sed de verdad y sed de autenticidad. Los niños y los jóvenes tienen una intuición especial para captar lo que es auténtico y lo que es apariencia. Con ellos no podemos aparentar. Nos lo notan enseguida.  

“Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza se nos pregunta: ¿creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis lo que creéis?. Hoy especialmente el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial para evangelizar...El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, despego de sí mismo y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda” (30).

* Búsqueda de la unidad:  

Tenemos que evangelizar la cultura de la violencia y de la confrontación siendo agentes de unidad y promotores de paz y reconciliación; dando nosotros mismos en las instituciones donde trabajamos, un fuerte testimonio de unidad. La unidad entre los discípulos de Jesús es una condición indispensable para la evangelización: “Que todos sea uno como tu Padre en Mi y Yo en Ti... Para que el mundo crea que Tu me has enviado”  

En su testamento espiritual el Señor nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sin también la prueba de que Él es el enviado del Padre, es la prueba de credibilidad no solo de los cristianos, sino también del mismo Cristo.  

Vivir nuestra vocación de educadores cristianos y evangelizadores de la cultura supone participar con Cristo en su misión de enviado del Padre y está exigiéndonos, por tanto, un testimonio de unidad.  

“Nosotros debemos ofrecer no la imagen de hombres divididos y separados por luchas internas que no sirven para nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad” (31).  

* Servidores de la verdad:  

Jesús, Hijo de Dios hecho hombre es la verdad. El Evangelio que nos ha sido confiado es la Palabra de la Verdad. “Una verdad que nos hace libres y que es la única que procura la paz del corazón. Esto es lo que la gente va buscando cuando les anunciamos la Buena Nueva: van buscando la verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo...” (32).  

 Nosotros no somos los dueños de la verdad. Somos servidores de la verdad, herederos de la verdad. Estamos al servicio de la verdad. Una verdad que nos ha sido entregada por la Iglesia.  

“El evangelizador será aquel que, aun a costa de sacrificios y renuncias, busca siempre la verdad que debe trasmitir a los demás. Ni vende, ni disimula la verdad por deseo de agradar a los hombres o de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No oscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad o por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla”  

Nuestro mundo está ansioso de verdad.  

“El mundo nos pide que guardemos, que defendamos y que comuniquemos la verdad sin reparar en sacrificios”, aunque tengamos que nadar contracorriente y decir cosas que no estén de moda.   

*Animados por el amor:  

“La obra de la evangelización supone en el evangelizador un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Mirar el mundo como lo mira Dios, acercarnos a los hombres con el mismo respeto, amor y paciencia con que el mismo Dios se acerca.  

S. Pablo decía a los cristianos de Tesalónica : “Llevados de nuestro amor por vosotros queremos no sólo daros el evangelio sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos” (33). Evangelizar es participar con Jesús en su misión salvadora, es hacer presente el amor de Jesús, es dedicarse sin reservas y sin mirar atrás al anuncio de Jesucristo.   

Y este dedicarse sin reservas supone:   

 Respeto de la situación religiosa y espiritual de cada persona. Respeto a su ritmo que no puede forzarse demasiado. Respeto a su conciencia y a sus convicciones que no hay que atropellar. La pedagogía de Dios con su pueblo y de Jesús con sus discípulos está llena de paciencia y de respeto.  

No herir sobre todo a los que son débiles en la fe. No herirles o escandalizarles con afirmaciones que pueden ser muy claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación para los “pequeños” en sus almas. Hemos de tener una gran delicadeza a la hora de hablar de la Iglesia o de sus pastores.   

Trasmitir certezas sólidas: certezas basadas en la Palabra de Dios y en el Magisterio auténtico de la Iglesia. No sembrar dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada.  

* Con el fervor de los santos:  

 “Conservemos el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo como Juan Bautista, como Pedro o como Pablo, como los otros apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia, con un ímpetu interior que nada ni nadie sea capaz de extinguir. Sea esta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y, ¡ojalá!, el mundo actual que busca, a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda así recibir la Buena Noticia, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino y de implantar la Iglesia en el mundo” (34).

Notas

(1) Mt.28,19

(2) Ef. 4,13

(3) Discurso de Juan Pablo II a la UNESCO. 1980. (n.11)

(4) Discurso de Juan Pablo II al Consejo Pontificio de la Cultura 1983

(5) Gaudium et Spes, 53

(6) Discurso de Juan Pablo II a la ONU, 1995

(7) Discurso de Juan Pablo II a la UNESCO. 1980. (n.7)

(8) Exhortación Apostólica “Iglesia en Europa”, 58. Juan Pablo II

(9) Carta autógrafa de Juan Pablo II al cardenal Secretario de Estado por la que se constituye el Pontificio Consejo de la Cultura.1982.

El papa Pablo VI, recogiendo el fruto de los trabajos de la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, celebrado en otoño de 1974, escribió: "El Evangelio, y por tanto la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura, y son independientes respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que el Evangelio anuncia, es vivido por hombres profundamente ligados a una cultura, y la construcción del Reino debe necesariamente servirse de los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independiente frente a las culturas, el Evangelio y la evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas todas, sin sujetarse a ninguna" Evangelii Nuntiandi, n. 20.  

Haciendo acopio del rico legado de Pablo VI, del Concilio Ecuménico Vaticano II y del Sínodo de los Obispos, Juan Pablo II creó en 1982 el Consejo Pontificio para la Cultura
Con la Carta Apostólica en forma de Motu proprio Inde a Pontificatus, del 25 de marzo de 1993, Juan Pablo II unió el Consejo Pontificio para el Diálogo con los No-creyentes (fundado en 1965 por Pablo VI) con el Consejo Pontificio para la Cultura, para formar un único organismo que lleva el nombre de Consejo Pontificio de la Cultura.

(10) La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).

(11) Juan Pablo II. Discurso a la UNESCO. 2 de Junio de 1980

(12) V Encuentro Mundial de las Familias. Benedicto XVI. 9 de Julio de 2006

(13) Cfr. Conferencia Episcopal Española. Plan de acción para el trienio 1987-1990

(14) Juan Pablo II. Iglesia en Europa. nn. 7-9. “ La época que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo desconcertante. Muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay numerosos signos preocupantes (...) Entre los muchos aspectos indicados con ocasión del Sínodo, quisera recordar la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por la cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia (...) Esta pérdida de la memoria histórica va unida a un cierto miedo en afrontar el futuro. Del futuro se tiene más temor que deseo (...) Se está dando una difusa fragmentación de la existencia (...) se multiplican las divisiones y contraposiciones (...) Junto co0n la difusión del individualismo se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal (...) En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo(...) No es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo en la filosofía; del relativismo en la gnoseologia y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria”.

(15) Cfr. “El Sacerdote y la Educación”. Orientaciones pastorales sobre el ministerio de los sacerdotes en la acción educativa. . Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.. 1984. (nn. 35-40).

(16) Discurso de Juan Pablo II a la UNESCO (n.13). 1980.

(17) Juan Pablo II. Carta a los jóvenes. n.13: “ Las palabras de Cristo: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” vienen a ser un programa esencial. Los jóvenes - si nos podemos expresar así – tienen un congénito sentido de la verdad. Y la verdad debe servir para la libertad : los jóvenes tiene también un espontáneo deseo de libertad. ¿Qué significa ser libre? Significa saber usar la propia libertad en la verdad, ser verdaderamente libres. Ser verdaderamente libres no significa en modo alguno hacer todo aquello que me gusta o tengo ganas de hacer. La libertad contiene en sí el criterio de la verdad, la disciplina de la verdad . Ser verdaderamente libres significa usar la propia libertad para lo que es un bien verdadero”.

(18) Cfr. Conferencia Episcopal Española. “Católicos en la vida pública” n..90

(19) Pontificio Consejo para la Cultura. “Para una Pastoral de la Cultura”. 1999. n 14.

(20) Benedicto XVI. Encuentro Mundial de las Familias. Homilía de la Vigilia de Oración ( 8 de Julio de 2006)

(21) Benedicto XVI. Encuentro Mundial de las Familias. Homilía de la Santa Misa. (9 de Julio de 2006).

(22) Juan Pablo II. Exhortación Apostólica “Iglesia en Europa” n.59.

(23) Discurso de Juan Pablo II en la UNESCO (n.18) 1980.

(24) Juan Pablo II. Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura 1997.

(25) “Para una Pastoral de la Cultura”. Consejo Pontificio de la Cultura 1999.

(26) “Para una Pastoral de la Cultura”. Consejo Pontificio de la Cultura 1999

(27) Juan Pablo II. “Laborem Exercens”n. 9

(28) “Para una Pastoral de la Cultura”. n.18. Consejo Pontificio de la Cultura.

(29) Pablo VI. Evangelii Nuntiandi. 15

(30) Pablo VI. “La evangelización del mundo contemporáneo”. 76

(31) Ibíd..77

(32) Ibíd..79

(33) I Tes. 2,6

(34) Pablo VI. “La Evangelización del mundo contemporáneo”. n.. 80

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