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El Dalai Lama, la reencarnación y la Educación
para la Ciudadanía
La asignatura de Educación para
la Ciudadanía corre el riesgo de convertirse en una
clase de adoctrinamiento político y moral
Artículo relacionado: Educación
para la Ciudadanía.
Pedro María Reyes Vizcaíno
Editor de Iuscanonicum.org
Guadalajara (España)
Ahora
para reencarnarse hace falta permiso del gobierno chino.
Lo explica la revista Time: “¿Es
posible la reencarnación? Los tibetanos
piensan que sí, y creen que su líder
espiritual, el Dalai Lama, es la 14ª reencarnación
del mismo dios-rey. Pero China ha prohibido al
Dalai Lama y a otros Budas vivientes -atentos-
a reencarnarse sin el permiso del gobierno. El
decreto previene a cualquiera que esté fuera
de China a tomar parte en el proceso de reconocer
a un Buda viviente” (Time, 20
de agosto de 2007, p. 9). Yo no creo en la reencarnación,
pero defiendo el derecho de los tibetanos a creer
quién será el próximo Dalai
Lama reencarnado sin intromisiones de ningún
gobierno.
La norma del gobierno chino
parece ridícula,
advierte la misma nota de Time, y claramente
va dirigida a sustraer al Dalai Lama, que tiene
72 años, o a cualquier otro personaje
de su entorno alguna potestad de escoger a su
sucesor, permitiendo al gobierno chino manejar
un cargo que resulta tan importante para muchos
de sus súbditos.
Se trata, sin duda, de
una intromisión
en la conciencia de los ciudadanos y sería
de desear que no pasara inadvertida en Occidente
ante la opinión pública. En Occidente
estamos lejos de llegar a estos extremos y nos
puede parecer un exceso de un gobierno por lo
demás muy poco respetuoso de los derechos
fundamentales. Sin embargo, últimamente
hemos visto en España ciertas leyes que
indican a los creyentes cuál debe ser
su conciencia si quieren ser buenos ciudadanos.
Así, en este curso
escolar que ahora comienza se va a introducir
en muchas escuelas la asignatura de Educación para la
Ciudadanía.
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Niños en una escuela
en la República Dominicana |
Formar buenos ciudadanos
es tarea de la escuela y se deben alabar los
esfuerzos que se hacen para enseñar los valores democráticos
y el respeto a las leyes. Nadie ha criticado
hasta ahora a la asignatura de Educación
para la Ciudadanía por su propósito
de promover “el reconocimiento de la dignidad
de todas las personas” o “el conocimiento
de las normas y principios de convivencia establecidos
por la Constitución”.
Lo que se critica es que
esta asignatura corre el riesgo de convertirse
en un campo de adoctrinamiento político y moral. Así, este curso
un profesor podrá enseñar en la
escuela que las chicas deben peder la virginidad
antes de llegar al matrimonio para no ser “siervas
de un sinfín de prejuicios y costumbres
machistas”. El ejemplo no es ficticio.
La afirmación citada se encuentra en el
libro “Educación para la ciudadanía”,
de Carlos y Pedro Fernández Liria y Luís
Alegre Zahonero. Lo edita Akal y es uno de los
manuales que estarán en los colegios el
próximo septiembre. Afortunadamente este
libro no va dirigido a los alumnos, sino que
es un manual para los profesores. Si un profesor
decide enseñar en esta asignatura semejante
perla, ¿dónde queda el papel educador
de los padres? El curso próximo habrá alumnas
que deberán decir tal barbaridad en sus
exámenes si quieren aprobar la asignatura,
aunque en su casa intenten darle a la chica una
orientación moral distinta: en este caso, ¿qué pueden
hacer los padres?
En el mismo libro se afirma
que el Manifiesto Comunista de Karl Marx puede
explicar la división
de poderes o la institución parlamentaria.
Se ponderan también las virtudes de la
Revolución cubana o la historia reciente
de Venezuela. Si un alumno que ha huido con su
familia a España de la represión
de la Cuba de Castro oye en clase que alaban
al régimen cubano, ¿qué debe
decir en los exámenes, lo que le ha dicho
el profesor o lo que le dicen en casa y ha visto
con sus propios ojos?
Los padres a partir de
ahora no podrán
criticar en casa el marxismo o el régimen
cubano, o manifestar su oposición a la
política de Chávez, ni siquiera
podrán enseñarle a sus hijas que
eviten la promiscuidad en sus relaciones con
los chicos, porque a los niños estas cosas
se les pueden “escapar” en clase
y los perjudicados serán ellos mismos,
que no aprobarán una asignatura evaluable.
Pueden darse escenas de lo más violentas,
como que al llegar a la lección sobre
el marxismo, los alumnos se “chiven” en
clase y señalen a un compañero
que el otro día criticó a la Unión
Soviética.
A partir de ahora, los
padres deberán
hablar de ciertos temas con suma prudencia, y
advertirles a sus hijos: “y esto que hablamos
os lo decimos solo a vosotros, no comentéis
nada en el colegio”, porque no se sabe
quién dará las clases de Educación
para la Ciudadanía.
El problema no es solo
la orientación
que quiera dar el profesor a la asignatura, sino
que Educación para la Ciudadanía nace
viciada. Por ejemplo, entre los objetivos se
cita el fomentar el rechazo a las “situaciones
de injusticia y las discriminaciones existentes
por razón de sexo, origen, creencias,
diferencias sociales, orientación afectivo-sexual
o de cualquier otro tipo, como una vulneración
de la dignidad humana y causa perturbadora de
la convivencia” (Real Decreto 1631/2006,
de 29 de diciembre, en BOE nº 5 de 5 de
enero de 2007, p. 718). Hay millones de personas
en España que rechazan el llamado matrimonio
homosexual (me remito a las manifestaciones multitudinarias
y a la recogida de firmas sobre este tema, la
mayor en la historia de España). Pero
los hijos de estas personas en clase deberán “identificar
y rechazar, a partir del análisis de hechos
reales o figurados, las situaciones de discriminación
hacia personas de diferente origen, género,
ideología, religión, orientación
afectivo-sexual y otras” (Ibidem,
p. 719). El propio decreto señala que
se trata de un criterio de evaluación.
Si un alumno comenta en clase que estuvo en Madrid
con su familia en la manifestación contra
el matrimonio homosexual quizá suspenda,
o lo que sería más humillante,
otro compañero le ponga como ejemplo de
alguien que fomenta una discriminación
intolerable.
Con esta asignatura, los
padres se quedan indefensos ante el posible
adoctrinamiento que reciban sus hijos en la
escuela. Pueden ocurrir situaciones que se
daban en las dictaduras más recalcitrantes,
pues los padres deberán advertir a los
hijos que ciertas cosas no se deben comentar
en clase para evitarles a ellos situaciones indeseables.
Nuestra Constitución proclama que “los
poderes públicos garantizan el derecho
que asiste a los padres para que sus hijos reciban
la formación religiosa y moral que esté de
acuerdo con sus propias convicciones” (artículo
27, 3). Pero en la actual configuración
de la asignatura de Educación para la
Ciudadanía será el Gobierno quien
señale los criterios morales que se enseñarán
en las escuelas.
Como vemos, no estamos
muy lejos de la norma china. En Tibet no se
puede creer en la reencarnación
sin permiso del gobierno, y en España
los alumnos no pueden opinar que el matrimonio
homosexual es inmoral o que la virginidad en
la adolescencia es un valor positivo sin permiso
del gobierno. Hacen bien los padres que protestan
contra tal imposición del gobierno.
Artículo publicado en Análisis
Digital, Hazte Oír y otros medios.
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En
Tibet no se puede creer en la reencarnación
sin permiso del gobierno, y en España
los alumnos no pueden opinar que el matrimonio
homosexual es inmoral o que la virginidad en
la adolescencia es un valor positivo sin permiso
del gobierno. |
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