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La FIFA, el fútbol y la religión
Autor: Pedro María Reyes Vizcaíno
Publicado en La Crónica de Guadalajara,
13 de agosto de 2007
Recientemente Andreas Herren,
portavoz de la FIFA, ha anunciado que van a prohibir
todo tipo de mensajes religiosos en los campos
de fútbol porque
pueden ofender los sentimientos de algunos espectadores. “Lo
que para unos es valioso y sagrado, para
otros es una provocación”,
según Herren. Ha añadido: “Esa
regulación es el método más
sencillo de prevenir problemas en el fútbol”.
Todos recordamos a la estrella brasileña Kaká,
del Milan, mostrar una camiseta en la que se leía I
belong to Jesus (pertenezco a Jesús),
en la última final de la Champions League de
Europa el 23 de mayo de este año. Además,
es fácil ver a un jugador de fútbol
santiguándose en el momento de entrar en el
campo de juego, y el acto de santiguarse es un acto
religioso bien explícito. A partir de ahora,
los jugadores deberán tener cuidado para esconder
los crucifijos o estrellas de David que porten pues
pueden ser sancionados.
El fin de erradicar la violencia
en el fútbol
y en cualquier otro sector merece la pena dedicar
todos los esfuerzos. Pero la medida que pretende
adoptar la FIFA necesita un análisis.
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| Portero de fútbol |
Que se sepa, hasta ahora no ha habido
ningún
episodio de violencia en un partido de fútbol
causado por un símbolo religioso, aunque en
muchos partidos se ven decenas de ellos (acabo de
aludir a un hecho tan común en los campos
como es el de santiguarse o ver crucifijos en los
jugadores). No se comprende que se argumente con
la erradicación de la violencia, cuando es
algo que no se ha dado. Los campos de fútbol
son, lamentablemente, terrenos abonados para la violencia.
El mero hecho de que en un estadio concurran dos
aficiones es tan peligroso que a veces se toman las
máximas medidas de seguridad. Hemos
de recordar la desgraciada final de la Copa de Europa
en el estadio Heysel de Bruselas el 29 de mayo de
1985 entre la Juventus y el Liverpool, en la que
murieron 39 personas (34 de ellos aficionados italianos)
por enfrentamiento de las dos hinchadas. Aparte de
las medidas penales, los organismos deportivos sancionaron
al Liverpool, pero a nadie se le ocurrió prohibir
en los estadios los símbolos de las aficiones
como camisetas, bufandas y banderas, y eso que seguro
que molestan a la mitad del estadio y además
hay antecedentes de que incitan a la violencia.
Si el partido es internacional, entran
en juego consideraciones de orgullo nacional. En
1969 estalló una guerra
entre Honduras y El Salvador (que ha pasado a la
historia como la guerra del fútbol)
después de un partido de fútbol entre
ambas selecciones nacionales el 29 de junio. En la
guerra (muy corta, por cierto: apenas duró seis
días) murieron unas 4000 personas. Naturalmente,
la FIFA no prohibió los partidos internacionales
ni que se exhiban símbolos nacionales como
banderas o himnos.
En el caso de la prohibición
de los símbolos
religiosos, lo que peligra es la libertad religiosa.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos
promulgada por las Naciones Unidas en 1948, en su
artículo 18, garantiza a todas las personas
la “libertad de manifestar su religión
o creencia, individual y colectivamente, tanto en
público como en privado”. Los poderes
públicos y los organismos internacionales
deben proteger el derecho de los creyentes a ejercer
su libertad religiosa, que incluye la manifestación
en público de las propias creencias. Y esto
afecta a la FIFA en la medida en que regula un sector
tan influyente en la sociedad actual como es el fútbol.
No puede ocurrir que se garantice la libertad religiosa
en toda la tierra menos en los campos de fútbol.
En realidad, si un jugador se santigua en el campo
y alguien del público se molesta, la culpa
no es del jugador, sino del espectador, que con su
actitud manifiesta una grave intolerancia.
Así, si una persona manifiesta
su opinión
política y otro se molesta, los poderes públicos
han de garantizarle al ciudadano que pueda manifestar
su opinión: se debe proteger la libertad de
expresión y perseguir al intolerante. Igualmente,
si una persona desea ir a una ciudad y alguien se
molesta por ello, los poderes públicos deben
garantizar la libertad de circulación y castigar
al intolerante. No se entiende por qué si
una persona desea ejercer su libertad religiosa,
se persiga al ciudadano creyente y se proteja al
intolerante.
Naturalmente, los derechos humanos
tienen límites,
y entre ellos está el de la ofensa a los demás
ciudadanos. El problema en este asunto está en
que la FIFA considera ofensivo el mero hecho de exhibir
un símbolo religioso. De este modo, se altera
la presunción de inocencia: el creyente, por
el mero hecho de manifestarse como tal, ofende e
incita a la violencia. Solo le falta a la FIFA extender
certificados de creyentes no violentos para que puedan
jugar al fútbol.
Lo razonable es proceder del modo
contrario: castigar a los violentos (creyentes o no)
y solo a ellos. Perseguir los actos violentos (cometidos
con ocasión de
un símbolo religioso o de otro tipo) y solo
esos actos. Si alguna vez -que hasta ahora no ha ocurrido,
que se sepa- se comete un acto violento causado por
un símbolo religioso ofensivo, se debe buscar
al culpable y castigarlo, y si un ciudadano intolerante
con los símbolos religiosos se molesta, se debe
proteger el derecho fundamental de la libertad religiosa
que incluye la manifestación pública
de las propias creencias. Pero no se pueden poner bajo
sospecha todos los símbolos religiosos por el
mero hecho de que son religiosos. Eso es contrario
a los derechos humanos más elementales.
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Los
poderes públicos y los organismos internacionales
deben proteger el derecho de los creyentes
a ejercer su libertad religiosa, que incluye
la manifestación en público de
las propias creencias.
No puede ocurrir que se garantice la libertad
religiosa en toda la tierra menos en
los campos de fútbol. |
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