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Educación para la ciudadanía
Artículo relacionado: El
Dalai Lama, la reencarnación y la Educación
para la Ciudadanía.
Autor: José Ignacio Varela González,
director del Centro de Cultura Teológica de
Guadalajara
Una frase reciente y que causó impacto
en los medios de comunicación ha sido ésta: “ninguna
fe o creencia puede imponerse a las leyes”. La
frase no era arbitraria tenía que ver con la
asignatura de educación para la ciudadanía.
La provocó el lógico debate que, en la
opinión pública, suscitó la implantación
obligatoria de esta materia en los planes de estudio. ¿Hay
personas que no estamos de acuerdo con los contenidos
de esta asignatura? Sí, muchas, muchísimas;
y es natural que manifestemos las razones por las que
no estamos de acuerdo. Pero esto no me parece motivo
suficiente para que nadie se ponga nervioso y suelte
una frase de ese estilo, entre otras cosas porque la
fe no se ‘impone’, como las leyes civiles;
se ‘propone’: como se propone una buena
oferta. Sin embargo, hay otras posturas que tratan
de imponer una ‘nueva fe’ basada en el
relativismo o en la ideología de género
como se desprende del programa de la nueva asignatura.
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Niños en una escuela
en
la República
Dominicana |
Este desacuerdo obliga más bien -en mi opinión- a un nuevo estudio
de los contenidos que debe tener esa asignatura. Asignatura que ya está incluida
en los planes de estudio de 16 países europeos. La cuestión está en
que en Europa los contenidos que se enseñan versan sobre instituciones
democráticas, derecho constitucional, derechos humanos y participación
social; y la singularidad de España es el contenido moral e ideológico
que tiene.
En concreto, se advierte en ella una dimensión explícitamente
moral que enseña criterios éticos y personales. ¿El Estado
puede hacer esto? Más bien, no: lesiona gravemente el derecho originario
e inalienable de los padres y de la escuela -en colaboración con ellos-
a elegir la formación moral que deseen para sus hijos. Derecho -por
otra parte- amparado por la Constitución de 1978 (si no hubo otra después,
es la que está vigente) que, en su artículo 27, 3, dice: los
poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para
que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de
acuerdo con sus propias convicciones. Personalmente me parece clarividente
el contenido de este artículo de la Constitución.
Un segundo cuerpo de contenidos de la nueva signatura instruye
a los alumnos en el derecho vigente como referencia ética para su vida, que es tanto
como decirles: vuestra referencia ética ha de ser lo que diga la mayoría
política del momento. Un ejemplo de esto -hablando del derecho vigente-
puede ser la ley que equipara las uniones homosexuales con el matrimonio tal
como siempre lo hemos entendido, como fue concebido desde sus orígenes.
Con esta ley aprobada en el Parlamento -y esto es lo que se enseña- la
familia queda diluida en formas no aceptables por el simple sentido común.
Lo que éste entiende es que es la complementariedad y asimetría
hombre-mujer la que da su modelo a la distinción paterno y materno de
la filiación: lo que es la familia.
En tercer lugar aparece diseminada en esta asignatura la terminología
propia de la ideología de género: se diluye la diferencia de
sexos como algo convencionalmente atribuido por la sociedad. Así cada
uno puede inventarse
a sí mismo.
Además de todo esto que se refiere a la
nueva asignatura que se está implantando,
es bueno recordar al legislador que una ley es
una regla de conducta promulgada por la autoridad
competente para el bien común. Y como el
bien común afecta a la vida de todos, exige
prudencia por parte de cada uno y más aún
por parte de aquellos que ejercen la autoridad.
El bien común está muy por encima
de cualquier ideología. Por eso no se puede
atribuir a la fe o a creencia religiosa alguna
la ‘polvareda’ que se ha levantado
con la implantación de esta asignatura.
Debe llevar más bien al diálogo hasta
converger en aquellos aspectos que son -comúnmente-
aceptados por todos.
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Una
ley es una regla de conducta promulgada por
la autoridad competente para el bien común.
Y como el bien común afecta a la vida
de todos, exige prudencia por parte de cada
uno y más aún por parte de aquellos
que ejercen la autoridad. |
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