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Conferencia de Javier Mora-Figueroa, rector del Santuario
de Torreciudad
Conferencia pronunciada el 21 de marzo de 2007 en
la presentación a la prensa y al público de la Exposición
sobre el Santuario de Torreciudad
Artículo relacionado: Presentación
oficial de la exposición de la Virgen de Torreciudad.
Puede ver: Galería
de fotos de la conferencia sobre Torreciudad .
El 23 de septiembre de 1984 llegó a Torreciudad
la imagen de la Virgen de la Salud de Barbatona acompañada
por tres mil peregrinos alcarreños y el Sr.
Obispo de Sigüenza-Guadalajara, D. Jesús
Pla.
D. Jesús había convocado la peregrinación
afirmando que una de sus mayores satisfacciones
era el encuentro con sus diocesanos en los santuarios
y fiestas de la Virgen. Continuaba escribiendo
en el Boletín Oficial de la Diócesis: "Ahora
la providencia nos regala la peregrinación
a Nuestra Señora de Torreciudad acompañados
de la Virgen de la Salud de Barbatona. También
en ellas vamos a encontrar ocasión de
abundantes beneficios espirituales, María
nunca se deja ganar en generosidad" Y recordaba
cual era el objetivo concreto que se había
señalado a esa romería: "apoyar
con la oración y el sacrificio el éxito
apostólico del viaje de Juan Pablo II
a Hispanoamérica con ocasión del
V Centenario del Descubrimiento". La romería
comenzó en Barbatona con una vigilia de
la Adoración Nocturna y a las cuatro de
la madrugada se pusieron en marcha hacia Torreciudad.
En la crónica de la Nueva Alcarria se
habla del amor de los alcarreños a Nuestra
Señora y cuenta sin falsos pudores que "la
brisa de las sierras de Huesca secaba lágrimas
de emoción en rostros de hombres curtidos
por el sol de Castilla, cuando se cantaron en
tres mil gargantas a la vez, los gozos de Barbatona".
D. Pablo José Sanz hizo la presentación
una vez en el templo y recordó que Torreciudad
estaba celebrando el Noveno Centenario de la
veneración de la misma imagen puesta en
la ermita por los soldados cristianos que reconquistaron
el territorio. "Nueve siglos-dijo- sin que
haya decaído la devoción a la Virgen
en su vieja ermita. Habría que decir que
no sólo no ha caído, sino que el
agradecimiento y el amor le han levantado este
grandioso santuario. Nosotros queremos aprender
hoy aquí esta lección, nosotros
queremos hacer de todos nuestros santuarios marianos
verdaderos centros de oración y purificación
de nuestras almas a través del sacramento
de la penitencia. Nosotros queremos que en nuestra
tierra, en nuestros santuarios, resuenen siempre
en nuestros cantos y respondiendo a la realidad
aquello de que en el cielo sólo te aman
mejor".
Le contesta el Rector,
D. José Luis Saura,
que habló de dos advocaciones como dos
retratos de la misma Madre del cielo a la que
nos dirigimos depositando toda nuestra confianza.
Terminó -a decir por la crónica
periodística- "con una plegaria
a Nuestra Señora de Barbatona, colocada
ya en bello estrado a la derecha del altar: Empújanos
a amar a Dios, a la Iglesia, al Papa, a nuestro
Obispo; a ser testigos auténticos de Cristo
en medio del mundo. Bienvenidos seáis
a Torreciudad. Es vuestra casa, porque es la
casa de nuestra Madre común."
El cronista también aporta un dato significativo: "los
cuarenta confesonarios en la cripta no fueron
bastantes para atender a la demanda de penitentes
apiñados en colas. Se hizo necesario improvisar
otros quince puestos más donde se fueron
acercando al sacramento tantos cientos de hombres
y de mujeres antes de la Misa." Un dato
que también resulta elocuente en lo que
respecta al número de sacerdotes que acudieron
a la romería.
Pasa a describir la Misa
con la actuación
de la coral Santa Teresa y las palabras de la
homilía del Sr. Obispo que recordó la
curación de San Josemaría por la
Virgen de Torreciudad cuando tenía dos
años. "Y como resultado de aquel
milagro, ahí está una obra maravillosa,
extendida ya por todo el mundo para gloria de
Dios".
En la Misa hay ofrendas
de muchos pueblos hechas por chiquillos vestidos
con trajes regionales: bizcochos, crespines,
miel, espliego, etc. Después
de la Misa, la comida campestre, la despedida
con el canto de la salve y -señala el
cronista- "el delirio a la hora del adiós:
las campanas de Torreciudad resonando al vuelo
por aquellas latitudes privilegiadas del Pirineo,
rodeando en emocionante abrazo a la Virgen de
la Salud y a la Guadalajara peregrina."
Verdaderamente emocionante.
Yo me pregunto por qué no estuve allí. Pero sueño
con un desquite. La Virgen de la Salud fue pionera
en su romería a Torreciudad, pero quizá por
eso no estaba aún establecida la costumbre
de dejar en el santuario una réplica de
la Virgen peregrina. Hoy hay más de 200
de todo el mundo, pero la Virgen de la salud
de Barbatona no está... aún. Solo
falta que se consiga una réplica, no necesariamente
del mismo tamaño, para que podamos hacer
un nuevo homenaje a la Virgen de la Salud. Entrando
en procesión con el volteo de todas las
campanas, llevarla al templo con el órgano
tocando su himno, la Eucaristía celebrada
ante esa imagen bendita y, finalmente, quedando
entronizada para presidir los cultos del santuario
durante todo el día. Una vez la imagen
allí, para satisfacción de todos
los alcarreños que visiten la galería
de advocaciones de la Virgen, se puede repetir
el homenaje cuantas veces se quiera. Hay muchos
devotos que acuden anualmente a celebrar a su
patrona con un programa parecido.
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Conferencia del Rector
del Santuario de Torreciudad |
Pues bien, el origen de
la Exposición
Itinerante está en el deseo de "corresponder
a la llegada a Torreciudad de tantas imágenes
de la Virgen" como dice el programa. También
se puede observar que el título de la
exposición es "Me llamarán
Bienaventurada todas las generaciones" para
evitar exclusivismos y para hacer un poco de
catequesis sobre los principales dogmas marianos.
Además de la parte histórica y
descriptiva del santuario, también se
ha intentado insistir en la catequesis de la
confesión, utilizando palabras o imágenes
de Juan pablo II y San Josemaría, porque
es sabido que Torreciudad tiene una finalidad:
facilitar los favores ESPIRITUALES que la Virgen
hace allí como en cualquiera de sus santuarios.
En este sentido, San Josemaría había
escrito una carta en 1967 concretando qué es
lo que espero de la bondad de Dios con la intercesión
de Nuestra Señora y Nuestra Madre de Torreciudad,
Reina de los Ángeles. Un derroche de
gracias espirituales espero, que el Señor
querrá hacer a quienes acudan a su Madre
Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada
desde hace siglos. Por eso me interesa que haya
muchos confesonarios, para que las gentes se
purifiquen en el Santo Sacramento de la Penitencia
y - renovadas las almas - confirmen
o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar
y a amar el trabajo, llevando a sus hogares la
paz y la alegría de Jesucristo (1).
Años después, en una catequesis
que le hizo recorrer España y Portugal
en 1972, habló de Torreciudad: Yo
no le pido a la Virgen de Torreciudad más
que gracias espirituales: por eso ¡cuarenta
confesonarios! Le pedimos a la Señora
que haga muchas gracias espirituales de esas
que no se conocen, que no se conocerán
más que en el cielo. (2)Ciertamente,
salvo que el interesado quiera contarlo, nunca
sabremos los prodigios que la Virgen hace en
las almas, pero puedo afirmar que son más
numerosos y admirables de lo que uno pueda imaginar.
Como ejemplo puedo leer un par de testimonios
escritos en el libro de firmas de la ermita.
El 23 de mayo de 1975 nuestro
Fundador llegó a
Torreciudad. Dos días después tenía
que recibir la Medalla de Oro de Barbastro. Pudo
ver prácticamente terminado el santuario
y no quiso ocultar su satisfacción: Con
material humilde, de la tierra, habéis
hecho material divino. Poco después,
en su humildad, se le oyó decir: Me
parece un sueño; y es que soy hombre de
poca fe. (3)
Como recuerda su sucesor
Monseñor Álvaro
del Portillo, en cierto modo, la última
piedra de su devoción mariana fue el santuario
de Torreciudad. (...) Quiero subrayar que la
misma idea de edificar este santuario al final
de los años sesenta, constituyó una
prueba verdaderamente extraordinaria de su fe:
por el esfuerzo económico que exigía;
porque eran años de evidente crisis en
la piedad popular; por su ubicación, fuera
de toda ruta turística y lejos de una
gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta
de confesonarios en un periodo en que decaía
la práctica de la confesión. (4)
Una de las biógrafas de San Josemaría,
la Doctora Ana Sastre, decía en una conferencia
en Torreciudad, que allí se une lo antiguo
y lo actual, lo renovador y lo tradicional, como
sucedía también en el Fundador
(...) (que) como dijo una hermana de la Caridad
del "Hospital del Rey", que le conoció y
trató en los años previos a la
guerra, "tenia el don de hablar en todos
los idiomas del mundo". También Torreciudad
es un mensaje capaz de adaptarse a mentalidades
diversas, a edades dispares, a supuestos diferentes.
Aquí se entrecruzan la inspiración,
el oficio, el esfuerzo y la aventura exaltada
de la fe. Suficiente para convertir la piqueta
en sinfonía y la piedra en endecasílabo,
verso heroico. Sí; ciertamente, Torreciudad
es una buena parábola, una huella indeleble,
de la fe y el amor a la Virgen Santísima
de San Josemaría.
Es un hecho comprobado
que el número
de visitantes de los santuarios, está en
ascenso. En una reunión de rectores de
santuarios italianos, Juan Pablo II lo afirmaba: "Podemos
constatar con gran satisfacción que durante
los últimos años se ha incrementado
el flujo de peregrinos y turistas hacia los lugares
santos, pequeños o grandes (...) No parece
que la evolución de la sociedad y el influjo
de una difundida mentalidad consumista haya frenado
este fenómeno, sino más bien en
ciertos aspectos los ha incrementado." Y
explicaba la causa de ese incremento: "las
personas tienen cada día más necesidad
de silencio, de serenidad y de alejarse del frenesí diario
y de los intereses materiales; buscan la paz
y la armonía consigo mismas, con la naturaleza
y, más profundamente, con Dios, último
fundamento de la existencia." Más
adelante, en el mismo discurso, el Papa recuerda
que así los santuarios adquieren "un
intrínseco valor evangelizador, en el
sentido originario de fuerte llamada a la conversión." Y
concluye: "En resumidas cuentas, en el santuario
todo debe tender a que la búsqueda recíproca
de Dios y el hombre se convierta en un encuentro." (5)
Bajo la inspiración de Juan pablo II,
sin duda el Pontífice que más santuarios
ha visitado por todo el mundo, la Santa Sede
no deja de emanar indicaciones para la pastoral
de los santuarios. Así, puesto que son "antenas
permanentes de la Buena Nueva" (6), en ellos "se
debe proporcionar abundantemente a los fieles
los medios de salvación, predicando con
diligencia la Palabra de Dios y fomentando con
esmero la vida litúrgica principalmente
mediante la celebración de la Eucaristía
y de la penitencia y practicando también
otras formas aprobadas de religiosidad popular." (7)
En los santuarios marianos
se nos propone a María como "modelo de todas las
virtudes" (8) y, entrando en la "escuela
de María" el peregrino aprende de
Ella a afirmar su fe, a despertar su esperanza
y a encender su caridad. Juan Pablo II afirmó: "Los
santuarios marianos son como la casa de la Madre,
lugares para detenerse y descansar en el largo
camino que llega a Cristo; son hogares donde,
mediante la fe sencilla y humilde de los pobres
de espíritu, se vuelve a tomar contacto
con las grandes riquezas que Cristo ha confiado
y dado a la Iglesia, especialmente los sacramentos,
la gracia, la misericordia, la caridad para con
los hermanos que sufren y los enfermos" (9).
Es importante retener la prioridad entre los
dones que se pueden recibir en un santuario o
en una peregrinación. Cada alma puede
acudir con peticiones de diverso tipo: gracias
materiales, curaciones, problemas familiares,
etc. Pero es misión de la pastoral del
santuario explicar que -en palabras de Papa-
los santuarios no son "lugares de lo marginal
y lo accesorio, sino, por el contrario, de lugares
de lo esencial; de lugares donde se va para obtener
la Gracia, antes incluso que las
gracias” (10). Juan Pablo II también
animaba a que esa memoria del amor de Dios por
el hombre como origen de todos los bienes, se
actualice en los santuarios en el domingo, el
día del Señor: "los fieles
aprovechan el reposo dominical para acudir a
los santuarios, donde poder transcurrir, preferiblemente
con toda la familia, algunas horas de una experiencia
más intensa de fe. Son momentos de gracia
que es preciso alimentar con una adecuada evangelización" (11).
El santuario no sólo nos recuerda que
nuestro origen está en el Señor,
sino también que el Dios que nos amó no
deja nunca de amarnos. Es Dios quien, habitando
entre los suyos y en su corazón, hace
de ellos su santuario vivo. El santuario remite
a Aquel que nos hace santuario de piedras vivas.
(IPet 2,5). Es un lugar privilegiado para discernir
y madurar la propia vocación a la santidad,
que es, precisamente, encuentro con Dios que
se hace presente y llama. Tradicionalmente en
los santuarios, tantas veces situados en parajes
de una belleza natural incomparable, se buscaba
facilitar ese encuentro con el Señor por
la vía pulchritudinis, por el
camino de la belleza Una belleza que, ciertamente,
acerca a Dios -fuente de toda belleza- pero que
ademas es un medio claro de evangelización.
En los estatutos de los pintores de Siena del
trescientos se podía leer: "Somos
manifestadores, a los hombres que no saben leer,
de las cosas maravillosas operadas por virtud
de la fe." Los retablos de nuestras iglesias
y catedrales tenían este cometido catequético.
En Torreciudad, el portentoso retablo de alabastro,
obra de Joan Mainé, fue encargado por
San Josemaría con estas precisas instrucciones
dadas al arquitecto: "Los temas de las escenas
representadas deben entrar por los ojos; que
sirvan para dar doctrina; el retablo será una
lección de catecismo; será una
obra de escultura de hoy, de buena factura y
bien acabada, con la particularidad de que deberán
mover a devoción, tanto a personas de
gran cultura artística como a los que
no posean conocimientos técnicos y también
a los niños" (12). Es imprescindible
la predicación, pero también el
arte, la belleza, tiene un mensaje que eleva
hasta Dios. Por eso Juan Pablo II, después
de recordar que "antiguamente nuestros santuarios
se llenaban de mosaicos, pinturas y esculturas
religiosas para inculcar la fe", se preguntaba: "¿Tendremos
nosotros el vigor espiritual y el ingenio suficientes
para crear imágenes eficaces de
gran calidad y, a la vez, adaptadas a la cultura
de hoy?" (13)
Benedicto XVI también ha tenido ya oportunidad
de visitar varios santuarios y de hablar de su
misión. Así, en Roma, hablando
del Santuario del Divino Amore, el 22 de febrero
de 2007, dijo que "el santuario como tal,
como lugar de oración, de confesión,
de celebración de la Eucaristía,
es un gran servicio en la Iglesia." También
hace una alusión a la piedad popular,
afirmando que "es una fuerza nuestra, porque
se trata de oraciones muy arraigadas en el corazón
de las personas. Incluso personas que están
algo alejadas de la vida de la Iglesia y no tienen
una gran comprensión de la fe, se sienten
tocados en el corazón por esta oración.
Se debe sólo 'iluminar' estos gestos,
'purificar' esta tradición, para que se
convierta en vida actual de la Iglesia."
Pero, en definitiva, todo
es cuestión
de amor. De intentar pagar amor con amor a quien
nos amó primero. Y en el caso de los santuarios
marianos, se manifiesta el amor a quien es intercesora,
Madre y señora; a quien se quiere sin
querer, sin necesidad de hacer propósitos
más que los que sean manifestación
de ese cariño natural e innato que se
tiene por María.
José María Pemán escribió un
poema sobre Torreciudad
Torreciudad es la estrella
Clara y bella
Que conduce al peregrino
Torreciudad no es un alto en el camino
Porque Ella misma es camino,
Vida, esperanza y verdad.
Torreciudad, Torre-amor,
Torre-madre y Torre-Guía.
La piedra viril y dura
Se ha convertido en ternura
A las plantas de María
Señora del nuevo día, Aurora
del Pirineo,
Desde los valles le veo
Como una torre de Amor…
Me parece un hallazgo:
Torreciudad es una torre de Amor. Es fruto
del amor de un hombre del Somontano, enraizado
en su tierra, pero de corazón
y mente universales
En su ultima visita a Torreciudad,
un mes justo antes de morir, cuando San Josemaría
vio el retablo, casi terminado, se le ilumino
d rostro con una sonrisa emocionada» Es
todo un señor retablo. ¡Qué suspiros
van a echar aquí las viejas... y la gente
joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien!
Solo los locos del Opus Dei hacemos
esto, y estamos muy contentos de ser locos... ¡Muy
bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis
puesto tanto amor aquí... Pero hay que
terminar, hay que llegar al final. A esa locura la
había calificado de mi penúltima
locura.
Después fue a ver la Capilla del Santísimo,
con la imagen delSanto Cristo vivo, sin la herida
de la lanzada, fundido en bronce y que él
mismo había encargado para regalarlo al
Santuario. Un Cristo que ayuda a rezar, que facilita
la conversión personal al contemplar el
sereno sufrimiento de Cristo por los pecados
e infidelidades de todos los hombres. Cuántas
cosas nos podría contar ese Santo Cristo
Es un Cristo que mira y, a veces, habla. Así se
lo había encargado al escultor italiano Necesitamos
un Cristo vivo, un Cristo que hable. También
hay historias preciosas en las que queda patente
que el Señor siempre habla, aunque no
siempre lo escuchamos
Si Torreciudad fue su penúltima locura, ¿cuál
será la última? Alguien tuvo la
confianza de preguntárselo y contestó: morirme
sin dar la lata. Como decía, un mes
después de salir de Torreciudad, ya vuelto
a Roma, el 26 de junio de 1975, al filo del mediodía,
miró a la imagen de la Virgen de Guadalupe
que había en la habitación y se
desplomó sin vida. En 1970 había
estado en México, yendo nueve días
consecutivos a la Villa de Guadalupe y allí hizo
algunos ratos de oración en voz alta.
Uno de esos días le decía a nuestra
Madre este es el propósito: un mosaico
en Torreciudad. ¡un buen mosaico! para
que dore perenne a troves de los siglos, con
esa imagen tuya, tan hermosa. Ese mes de mayo.
que vivimos ahora, resplandecerá siempre.
Le ofrezco un futuro de amor, con muchas almas,
oleadas de almas. Yo que no soy nada, que solo
no puedo nada, me atrevo a ofrecerte muchas almas,
oleadas de almas, en todo el mundo y en todos
tos tiempos, decididas a entregarse a tu Hijo,
y al servicio de los demás, para llevarlos
a Él. Mons. Echevarría, a
quien le debemos este relato, concluye diciendo
que en Torreciudad luce ya el mosaico de
la Virgen de Guadalupe en una de las
capillas de confesonarios donde, a diario, la
Señora multiplica km milagros invisibles
que se aperan en los penitentes (14).
Un futuro de amor… No podía
ser de otra manera en una torre de amor.
Ahora seguirán viniendo a Torreciudad
para aprender a amar con locura a María Santísima.
San Josemaría, como consta en el folleto
de la exposición, escribió: Así como
hay santuarios que recuerdan una aparición
de la Virgen y son por eso una muestra del inmenso
amor de María hacia los hombres, Torreciudad
es una manifestación del pobre amor nuestro
por Ella, y el deseo de que muchas personas la
conozcan y la amen.
La exposición itinerante
solo pretende dar a conocer esa locura de amor, esa torre
de amor donde -desde hace nueve siglos-
la Virgen Santísima manifiesta el inmenso
amor que tiene por cada uno de sus hijos.
Notas
(1) San Josemaría Escrivá, Carta
a Florencio Sánchez-Bella, 17.VI.67
(2) San Josemaría Escrivá, palabras
en Barcelona el 26.XI.72
(3) Manuel Garrido, Barbastro
y el Beato Josemaría Escrivá, Barbastro
1995
(4) Monseñor Álvaro
del Portillo, Entrevista
sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid
1993, p. 169-170.
(5) Juan Pablo II, Mensaje al Congreso Nacional
de Rectores de los Santuarios de Italia,
23.XI. 99
(6) Juan Pablo II, Ángelus, 12.
VII.92
(7) Código de Derecho Canónico,
canon 1234 § 1
(8) Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen
Gentium, n. 65
(9) Juan Pablo II, Ángelus, 21.VI.87
(10) Juan Pablo II, Carta al Santuario de
Loreto, 15.VIII.93
(11) Juan Pablo II, Dies Domini, 31.V.98,
n. 52
(12) M. González-Simancas, Un retablo
de alabastro en pleno siglo XX, en Torreciudad, (Madrid,
2003)
(13) Juan Pablo II, Alocución
a la OCIC, 22.IV.79
(14) J. Echevarría, Memoria
del Beato Josemaría. Madrid 2000. p. 253
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Conferencia
pronunciada el 21 de marzo de 2007 por Javier
Mora-Figueroa, rector del Santuario de Torreciudad,
en la presentación
a la prensa y al público de la Exposición
sobre el Santuario. |
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