| |
Matrimonio, familia y libertad
Defensa del matrimonio como unión de hombre y mujer
Autor: José Ignacio
Varela González
Director del Centro de Cultura Teológica
Al igual que muchos lectores de este periódico,
he seguido con interés
la tramitación de una iniciativa legislativa
popular respaldada por millón y medio
de firmas para derogar las bodas entre personas
del mismo sexo y rechazar la adopción
por parte de parejas homosexuales.
 |
| El Papa Benedicto XVI |
Hay que
reconocer que ha sido meritorio el trabajo
realizado por el Foro español
de la familia hasta llegar a la propuesta que
se ha debatido en nuestro Parlamento con el objeto
de salvaguardar la legislación existente
en el código civil sobre el matrimonio,
tal como se ha entendido siempre, y no se equiparen
las uniones homosexuales a la fórmula
tradicional de matrimonio; y el deseo de proteger
a los niños que al ser adoptados por parejas
del mismo sexo se les priva del conocimiento
de una realidad antropológica: la diferencia
sexual y la natural vocación al amor que
nace de ella, abierta a la fecundidad. En el
fondo de la cuestión está la defensa
de la familia como centro neurálgico de
la sociedad y el peligro de exponer a las futuras
generaciones a una concepción errónea
de la sexualidad y del matrimonio.
Desde pequeño
mis padres y profesores me enseñaron a
hablar con propiedad y a dar a los conceptos
el sentido preciso. Recientemente, en este mismo
Centro de Cultura, hemos tenido una sesión
de trabajo -magistralmente dirigida por dos doctores
en lengua y literatura- para mejorar la dicción
y expresión oral. De este modo se evita,
entre otras cosas, que el mensaje que cada uno
expresa pueda llevar al oyente a algún
tipo de error. En el diccionario de la lengua
figura el concepto de matrimonio como unión
de hombre y mujer concertada mediante determinados
ritos o formalidades legales: esto es pues el
matrimonio. Evidentemente a una unión
homosexual no se le puede llamar así -propiamente
hablando- aunque una mayoría parlamentaria
lo decida o, como en este caso, lo refrende.
Y no es cuestión de intransigencia o planteamientos
retrógrados en medio de una sociedad plural
y en permanente avance. Es más, si tan
progresistas somos, ¿no seríamos
capaces de buscar soluciones jurídicas
apropiadas a las uniones del mismo sexo y respetar
-por tanto- los distintos ámbitos? ¿Por
qué se llama matrimonio a lo que no es? ¿Tan
difícil sería encontrar otro modo
de denominar a esas uniones?
Están bien claras las
palabras de Benedicto XVI en su visita a Valencia: “el
objetivo de las leyes es el bien integral del
hombre, la respuesta a sus necesidades”;
y esto en todos los casos, también cuando
se trata destacar la figura de padre y madre
como elementos fundamentales para la neta identificación
sexual de la persona y su adecuado desarrollo
efectivo y emocional.
Además está mi
libertad. ¿Se entiende que la libertad
del otro termina donde comienza la mía?
Respeto totalmente las distintas formas de vida
que uno quiera adoptar y me parece lógico
también exigir que se respete mi forma
de pensar y de ver la vida. Este sencillo planteamiento
ya es más que suficiente para expresar
que esa mayoría parlamentaria a la que
me he referido no respeta mi libertad que es
igual y no menos que la que se pide para los
demás, en este caso, para los que quieren
equiparar una unión del mismo sexo y adopción
a la forma de familia que siempre hemos conocido.
Mi temor es que en la sociedad actual no vivamos
coherentemente, construyendo una sociedad justa,
equitativa y plural, sino que lo hagamos en una
feria movida a ritmo de samba.
|
En
el fondo de la cuestión está la
defensa de la familia como centro neurálgico
de la sociedad y el peligro de exponer a las
futuras generaciones a una concepción
errónea de la sexualidad y del matrimonio. |
|