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Benedicto XVI, Papa al servicio del pueblo
Artículo relacionado: El
esplendor de la verdad.
Autor: Alfonso Martínez Sanz
Buscando, buscando, me encontré con esta
historia, o historieta, si lo prefieres. La leí por
encima, pero después, no sé por
qué, la he releído varias veces.
Quiero compartirla contigo:
En
una nación que
no existe, había un Maestro sabio que “saboreaba” la
verdad y el bien. Y, para más datos,
era coherente con la verdad y el bien que degustaba.
Además, se mostraba sencillo y cordial,
siendo muy valorado y admirado por las personas
que lo conocían.
Un
buen día, el jefe
de la nación pensó en él,
para que custodiara los valores, las tradiciones
y la identidad de ese pueblo, sin que esto
supusiera estar cerrado a auténticos
nuevos valores que no fueran en contra del
ser de esa nación. Como era hombre de
bien, interpretó que lo que le pedía
el jefe era un servicio al pueblo y, por ello,
aunque previó problemas y dificultades,
aceptó gustoso, ejerciendo el cargo
con entrega y fidelidad. Es cierto que, por
ser fiel, tuvo que tomar decisiones importantes -alguna
de ellas, dolorosas-, pero siempre desde el
amor a la verdad y al bien, también
de las personas afectadas, que no siempre lo
entendieron.
Pero
otro día, el
jefe de la nación falleció. Causó una
gran conmoción, porque el pueblo le
quería mucho. A las pocas jornadas de
haberlo enterrado, “el Consejo de sabios”,
en cuyas manos se había quedado la nación,
se reunió para elegir un sucesor. Los
miembros del Consejo rezaron, dialogaron e,
implorando la ayuda de la divinidad, eligieron
por mayoría absoluta a quien, durante
bastantes años, había guardado
y defendido con caridad y fortaleza los valores,
las tradiciones y la identidad de la nación.
Es muy probable que el motivo principal, que
movió a los “sabios del Consejo” a
elegirle, fuera ser sabio y haber cumplido
bien, por amor al pueblo y a la verdad, la
misión que el jefe le había confiado.
Las gentes sencillas, que eran la gran mayoría,
se alegraron y, emocionadas, dieron gracias
a la divinidad, porque consideraban que les
había concedido el jefe que necesitaban.
No
ocurrió lo mismo
con los voceros o vociferantes, que los había
de todas las clases. Éstos eran personas
que hablaban mucho y, muchas veces, sin pararse
a reflexionar o contrastar los datos. Eran
individuos que, inclinada la cabeza, al poder
económico, político o ideológico,
vendían opiniones por verdades, intentando
hacer tragar al pueblo que dos y dos son tres
y medio, porque ellos lo decían, o porque
lo mandaban sus jefes. Eran tan poco cuerdos
que querían poner el traje de un enano
a un gigante y, como era lógico, cuando
al gigante se le intentaba poner el traje del
enano, el traje se rompía, porque el
gigante no cabía. Eran tan listos, tan
listos que, al sabio de nuestra historia, sólo
el más listo de ellos le llegaba a la
altura de la cintura intelectual.
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El Papa Benedicto
XVI
con los Reyes de España |
Pues
bien, esos voceros o vociferantes de la nación
-que no la gran mayoría del pueblo,
como queda dicho- empezaron a vender opiniones
por verdades respecto al nuevo jefe elegido.
Empezaron a atacarle, repitiendo a coro que
era “el
guardián de la fe”, “el
defensor de la verdad” y no sé cuántas
lindezas más.
El
pueblo, sin embargo, más sabio que
los voceros, pensaba que, cuando en la vista
hay barro, todo se ve turbio, aunque la belleza
de lo visto reluzca como el sol. Entonces,
el fallo no está en
el objeto bello que se ve, sino en el ojo enfermo
que mira. Quien no tiene fallo alguno en su
vista percibe con claridad que defender la
verdad es un valor, porque, con palabras de
Jesús de Nazaret, que también
habían llegado hasta aquellas tierras, “la
verdad os hará libres”, y esto
es servir al pueblo. Así pensaban las
gentes. También pensaban que guardar
y defender la identidad del pueblo, sus tradiciones
y sus valores es construir pueblo y, por lo
tanto, servirle, aunque los voceros o vociferantes
no quisieran entenderlo. Las cosas son como
son, y no dejan de serlo, porque algunos “intelectuales” tengan
capacidad reducida para comprender. ¿Cómo
es posible -se preguntaban las gentes sencillas-
que nuestros voceros “intelectuales” quieran
ser grandes maestros en todo? ¿No se
dan cuenta -seguían preguntándose-
que “dogmatizan”, “pontifican”,
de lo humano y de lo divino, muchísimo
más que el nuevo jefe y que, además,
lo hacen sin ser especialistas en las diversas
materias, y sin la categoría intelectual
que posee nuestro jefe?
A pesar
de sus voceríos
y vociferaciones, el pueblo sencillo -bastante
más sabio que los que gritaban en contra-
quiso, en su gran mayoría, al elegido
por el” Consejo de sabios” de la
nación. Es verdad que los gritos vociferantes
influyeron negativamente en algunos, pero el
pueblo, es decir, el p-u-e-b-l-o acogió al
nuevo jefe con alegría y agradecimiento,
porque estaba convencido de que el que le había
servido hasta ese momento, le seguiría
sirviendo hasta el final de sus días.
El sol no desaparece ni deja de brillar, porque
haya ciegos que no quieran ver.
Confieso
que esta historia, o historieta, si lo prefieres,
la veo hecha realidad en nuestros días. Seguro que a ti te pasa
algo parecido. En mi opinión, la nación
que no existe es el mundo y la Iglesia,
especialmente, en este mes de abril de 2005.
El Maestro sabio, a
quien llama el jefe de la nación (Juan
Pablo II), hay que identificarlo con
el cardenal Ratzinger, hombre
sencillo y afable. Los valores, tradiciones
e identidad de la nación
que tiene que custodiar el Maestro sabio, en
su nuevo cargo, es la fe y la moral de
la Iglesia que, si se desvirtuaran, dejaría
de ser la Iglesia fundada por Jesús de
Nazaret. Sigo opinando que el Consejo
de sabios no es otro que
el Colegio cardenalicio, y que
el nuevo jefe de la
nación, una vez fallecido el anterior,
coincide con el nuevo Papa Benedicto
XVI, antes cardenal Ratzinger. Los voceros
y vociferantes no
te los digo, porque seguro que lo sabes. El traje
del enano y del gigante está haciendo
referencia a la actitud de tantos y tantos que
quieren aplicar a la Iglesia las categorías
empleadas para interpretar la política,
el gobierno, la economía o los partidos.
Y la Iglesia, por ser una institución
divina, y no sólo de humana, no
cabe en ellas. De ahí que, cuando
se aplican a la Iglesia, muchas veces se saquen
conclusiones falsas y calumniosas.
Resumo mi pensamiento: que nadie
lo dude que, como el Maestro sabio de la historia
o historieta, Benedicto XVI ha servido
y servirá fielmente al pueblo,
o sea, a la Iglesia y al mundo. Con toda seguridad,
será un referente moral importantísimo del
joven siglo XXI, a pesar de los voceros y de
las vociferaciones, y aunque les pese a algunos.
Artículo publicado
en Nueva Alcarria, Guadalajara, 29 de abril de
2005
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Los
miembros del Consejo rezaron, dialogaron e,
implorando la ayuda de la divinidad, eligieron
por mayoría absoluta a quien, durante
bastantes años, había guardado
y defendido con caridad y fortaleza los valores,
las tradiciones y la identidad de la nación. |
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