San Josemaría Escrivá y los sacerdotes
Selección de textos sobre el amor de
San Josemaría Escrivá a los sacerdotes
San Josemaría predicador de ejercicios
espirituales
“Yo comencé a dar
muchos, muchos cursos de retiro espiritual —se
hacían de siete días en aquella época—,
por diversas diócesis de España.
Era muy joven, y me daba una vergüenza tremenda.
Comenzaba siempre diciendo al Señor: Tú verás
lo que dices a tus curas, porque yo... ¡Avergonzadísimo!
Y después, si no venían, los llamaba
uno por uno. Porque no tenían costumbre
de hablar con el predicador”.
A comienzos
de los años
cuarenta, muchos obispos pidieron a san Josemaría
que predicara al clero de sus respectivas diócesis,
que se iban recomponiendo poco a poco tras los
daños de la persecución religiosa
y de la confrontación bélica. Era
necesario fortalecer la vida espiritual de los
sacerdotes y los seminaristas y prepararles para
la nueva etapa que comenzaba.
El joven
fundador era conocido como un santo sacerdote
y un buen predicador, y miles de sacerdotes
pudieron escuchar, en los numerosos ejercicios
espirituales que dirigió,
su palabra encendida en amor a Cristo. Su predicación
consistía sustancialmente en su oración
personal, hecha en voz alta; una oración
vibrante, que transmitía de forma vigorosa
y alentadora su amor al Señor. El punto
de partida podía ser la gracia, el pecado
o los sacramentos; pero el punto de llegada era
siempre el mismo: Cristo; Cristo que nos ama
con amor infinito, Cristo que nos busca para
que nos unamos íntimamente a Él,
para que vivamos en Él y con Él.
La madre de los
sacerdotes
En 1941
tuvo que viajar a Lérida
para predicar unos ejercicios espirituales a
los sacerdotes de la diócesis. Había
tenido que dejar en Madrid a su madre algo enferma;
pero los médicos le habían tranquilizado;
no parecía nada grave y en pocos días
estaría repuesta.
Al despedirse
de ella le había
pedido que ofreciera las molestias de su enfermedad
por los frutos de los ejercicios que iba a predicar.
Doña Dolores asintió, y al despedirse,
se le escapó un suspiro:
—¡Este
hijo...!
Se había quedado preocupado
por ella; pero hizo lo que acostumbraba: abandonarse
en las manos de Dios. “Señor —oró junto
al Sagrario, al llegar a Lérida—,
cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome
de tus sacerdotes”.
Dos días después
predicó acerca de la labor sobrenatural,
inigualable, de la madre del sacerdote junto
a su hijo. “Y se me ocurrió decir: "Las
madres de los sacerdotes —yo estaba con
la pena de mi madre— se debían morir
sólo al día siguiente de que muriese
su hijo". En aquel momento vinieron a llamar
al Obispo; se marchó, y yo acabé”.
Al finalizar,
se quedó rezando
en la capilla. Alguien le avisó por detrás:
era el Obispo que regresaba con la cara demudada. Álvaro
del Portillo le llamaba desde Madrid. Se puso
al teléfono: su madre había fallecido.
Volvió de nuevo a la
capilla. Hizo junto al Sagrario un acto pleno
y rendido de aceptación de la Voluntad
de Dios. “Siempre he pensado —decía
años después— que el Señor
quiso de mí ese sacrificio, como muestra
externa de mi cariño a los sacerdotes
diocesanos, y que mi madre especialmente continúa
intercediendo por esta labor”.
San Josemaría
y los Ordinarios diocesanos
San Josemaría ejercía
su ministerio y su trabajo sacerdotal en profunda
comunión con los pastores de la Iglesia,
los obispos. Su prelado, el obispo de Madrid,
monseñor Leopoldo Eijo y Garay —que
había comprendido la naturaleza y la misión
del Opus Dei, y que agradecía a Dios haber
alentado su desarrollo desde los comienzos—,
le tenía en gran afecto y estima, y le
trataba con mucha confianza. De igual modo, los
prelados de las numerosas diócesis a cuyo
clero atendía —y que participaban
a veces en los Retiros que predicaba—,
bendecían y apreciaban hondamente el apostolado
que llevaba a cabo con todo tipo de personas.
Pero no
faltaron incomprensiones y equívocos por parte de algunos eclesiásticos.
Cayó sobre su persona y su misión
una tormenta de falsedades, calumnias y maledicencias.
San Josemaría sufría y perdonaba.
Al ver
la situación,
don Leopoldo se preocupó seriamente y
en 1941 quiso dar una aprobación diocesana
con la esperanza de poner fin a aquellas habladurías.
Y alentaba al fundador en aquel trance, recordándole
algunos pasajes del Evangelio.
Contaba
san Josemaría: “Una
noche, estando ya acostado y empezando a conciliar
el sueño —cuando dormía,
dormía muy bien; no he perdido el sueño
jamás por las calumnias y trapisondas
de aquellos tiempos—, sonó el teléfono.
Me puse y oí: Josemaría... Era
don Leopoldo, entonces Obispo de Madrid. Tenía
una voz muy cálida. (...) ¿Qué hay?,
le respondí. Y me dijo: ecce Satanas
expetivit vos ut cribraret sicut triticum.
Os removerá, os zarandeará, como
se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió:
yo rezo por vosotros... Et tu... confirma
filios tuos! Tú, confirma a tus hijos.
Y colgó”.
Muchos
de los ataques se dirigían
contra su persona. Pero san Josemaría
vivía desprendido de sí: sólo
deseaba servir a Dios, cumplir su misión.
Por eso, una noche de 1942 se arrodilló frente
al Sagrario y le dijo al Señor:
—“Si tú no
quieres mi honra, yo, ¿para qué la
quiero?”
La fundación
de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz
 |
San Josemaría Escrivá de
Balaguer.
Imagen que se venera
en el Centro de Cultura Teológica |
Durante
esos años, a
medida que aumentaba el número de fieles
del Opus Dei, aumentaba también la necesidad
de asistirles sacerdotalmente. El fundador sabía
que los sacerdotes del Opus Dei debían
provenir de los fieles laicos; pero no acababa
de encontrar una vía que permitiese resolver
el problema jurídico del título
de ordenación de los futuros sacerdotes.
Como otras
veces, Dios le mostró la
solución durante la Eucaristía.
En la mañana del 14 de febrero de 1943,
mientras celebraba la Santa Misa en un centro
del Opus Dei, el Señor le hizo ver la
solución clara y precisa. Al terminar
la Misa, dibujó el sello del Opus Dei —la
Cruz en el mundo— y comenzó a hablar
de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Hacía algún tiempo
que tres de los primeros fieles del Opus Dei —ingenieros
los tres— se estaban preparando para recibir
la ordenación sacerdotal, y el 25 de junio
de 1944 el obispo de Madrid los ordenó sacerdotes.
El fundador no quiso estar presente en la ceremonia,
para evitar cualquier protagonismo. Permaneció en
casa, unido al Señor en la oración.
Como pondría por escrito años después: “ocultarme
y desaparecer es lo mío, que sólo
Jesús se luzca”.
Pero en
el alma de san Josemaría
siguió latiendo, durante años,
una inquietud sobrenatural: ¿y los sacerdotes
diocesanos? ¿Cómo podrían
formar parte del Opus Dei? De nuevo se planteaban
problemas de carácter canónico
difíciles de resolver.
Su amor
y su anhelo por servir a sus hermanos sacerdotes
era tan fuerte y las dificultades jurídicas parecían
tan insuperables en aquel tiempo, que en torno
al año 1950 pensó iniciar una nueva
fundación, que prestase a los sacerdotes
una adecuada asistencia espiritual.
Pero no
fue necesario. El Señor
le inspiró de nuevo: también los
sacerdotes diocesanos podían incorporarse
a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, manteniendo
su dependencia exclusiva del Obispo de la diócesis
en la que estuvieran incardinados.
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