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Intervención de José Carlos Martín de la Hoz
Evangelios
e historicidad de la Iglesia
Intervención de José Carlos Martín
de la Hoz, de la Academia de Historia Eclesiástica,
en la mesa redonda sobre la historia
de la Iglesia que tuvo
lugar en Guadalajara (España) el 25 de octubre de 2006.
Hace unos
años, en un viaje en Talgo Cartagena-Valencia,
escuché una conversación, desarrollada
a voces entre un caballero, que se presentó como
empresario, y una enfermera. En un momento,
levantando la voz notoriamente, dijo: “La
Iglesia debería modernizar su mensaje
y actualizar su moral, pues yo he estado en
Nueva York y, tal y como habla la Iglesia Católica,
no tiene futuro en el mundo”. No me pareció que
valiera la pena intervenir en ese foro ferroviario.
Pero de hacerlo, hubieran bastado tres preguntas: “¿Cree
usted que Dios existe? ¿Cree que Dios
se ha revelado al hombre? ¿Cree que
esa Revelación le ha sido entregada
a la Iglesia para custodiarla y proponerla
a los hombres hasta el final de los tiempos?”
Pienso que
esas tres preguntas centran bien la cuestión
que queremos tratar en esta Jornada. Desde
el punto de vista de la fe sobrenatural yo
creo que Dios existe, que se ha revelado a
los hombres muchas veces y de muchas maneras
y de un modo definitivo en la plenitud de Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre, y creo que
Jesucristo fundó la Iglesia para hacer
vida sus palabras del día de la Ascensión: “Yo
estaré con vosotros, todos los días,
hasta el final de los tiempos” (Mt
28,28).
Ahora bien,
se puede creer o no creer, pues la fe es un
don de Dios, que requiere respuesta. Dios respeta
nuestra libertad: no quiere esclavos sino hijos,
y por tanto no nos fuerza, nos invita. De hecho
convivimos en una sociedad donde muchos de
nuestros contemporáneos viven como si
no tuvieran fe.
Por otra
parte, vivimos una sociedad cada vez
más globalizada, con un constante entrecruzamiento
de ideas y de opiniones, donde hay una casi
ilimitada libertad de expresión. Además,
se han alcanzado altas cotas de desarrollo
cultural.
En este sentido vale la pena recordar que la
Iglesia y la fe que custodia han sufrido ataques
desde los primeros siglos. Ya
es viejo este tema, pues en el año 180
Celso escribió su tratado Alethes
Logos (discurso verídico), perdido
pero reconstruible casi por completo gracias
a las citas del Contra Celsum de
Orígenes, en el 250. En esa obra acusaba
a los cristianos de practicar una religión
irracional y sin tradiciones, degeneración
del politeísmo pagano.
Esos ataques se
reprodujeron tiempo después con la obra
de Porfirio (270), a la que respondieron Apolinar
y Eusebio de Cesarea.
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Mesa redonda sobre
la historia de la Iglesia |
El último
embate de la antigüedad fue el de Juliano
el Apóstata, Contra Galileos (363),
al que respondieron San Epifanio (315-403),
San Juan Crisóstomo (354-407), Gregorio
Nacianceno (370) y S.Cirilo de Alejandría
en contra Juliano en
el 433. El objetivo de esos ataques era subrayar
la pobreza cultural del cristianismo. Por eso
S.Jerónimo escribió el De
viris illustribus (393), donde explicaba
la categoría intelectual de muchos cristianos
hasta su época. Como también
lo hizo S. Isidoro de Sevilla en el siglo VII.
Posteriormente
se han ido produciendo las denominadas “leyendas
negras”: hechos históricos, convenientemente
exagerados, para utilizar la historia como
arma arrojadiza contre la Iglesia: Inquisición,
genocidio americano, los Papas Borja, el caso
Galileo, etc. Es lo que se suele llamar recurrir
a “Lugares Comunes”.
En
ese sentido vale la pena recordar de una conversación
entre D. Quijote y Sancho; aquel “De
los hombres se hacen los obispos”. Es
decir que antes, hoy y en el futuro, los paganos
de todos los tiempos podrán señalarnos
con el dedo y decirnos, personal y colectivamente
a los cristianos, en qué puntos nuestras
vidas no corresponden con el Evangelio. Y ante
eso habrá que dar las gracias y pedir
perdón, pues un cristiano es un hombre
llamado a la conversión permanente.
No olvidemos
que Juan Pablo II, el 12 de marzo del 2000,
pidió perdón por todos los pecados
de todos los cristianos de todos los tiempos.
Además perdonó todas las ofensas
recibidas por los cristianos de todos los tiempos:
luego existimos. Los historiadores debemos
buscar en las coordenadas espacio temporales
las causas de esas actuaciones, así la
petición de perdón y la purificación
de la memoria resultan útiles. Pedimos
perdón por los errores de los cristianos,
pero no por el ajusticiamento de Galileo, porque,
sencillamente, murió en su cama.
Es evidente
que si la Iglesia fuera un montaje, habría
desaparecido ya hace mucho tiempo. El hecho
de existir es una prueba de su sobrenaturalidad.
Ahora bien,
lo que se está afirmando en estos últimos
años y en determinadas publicaciones
es que los cristianos han sido engañados
por la Iglesia. Lo que se está insinuando
es que no creían lo mismo que los cristianos
actuales. Además de seguir afirmando
que lo que hemos creído era falso. Se
está diciendo que la Iglesia es un
montaje. Ante esto, es importante subrayar
que científicamente se puede afirmar
que los católicos de todos los tiempos
han creído en la divinidad de Jesucristo,
en la historicidad de la Escritura y la veracidad
del dogma católico. Esto es algo sólidamente
asentado.
El debate
reciente en los medios de comunicación,
con motivo de la publicación de El
Código
Da Vinci de Dan Brown, ha sido interesante.
Ha mostrado que los historiadores debemos trasmitir
y divulgar mejor los descubrimientos realizados
y las pruebas históricas y por otra
parte la presencia de autores en el campo de
la novela histórica que se han saltado
las reglas mínimas de la ciencia histórica.
Bien es
verdad que los debates sostenidos en este tiempo
han tenido bastante poco nivel. Como decía
San Agustín, para que haya una sociedad
que conviva en paz es necesaria la confianza.
Esa confianza sólo se puede construir
mediante el rigor intelectual y el respeto
mutuo. En ese sentido Umberto Eco, en su novela El
nombre de la rosa, planteó la
cuestión en un nivel alto.
Dan Brown
no pasará a la historia de la literatura,
sí a la del marketing. Ha presentado
una novela de ficción como una novela
de investigación. Por eso pertenecerá al
club de los millonarios, pero no podrá convivir
con la comunidad científica, pues ha
mentido descaradamente. Ha roto las reglas
de la confianza en aras a la mera ganancia.
El
Código Da Vinci, como El
enigma Vivaldi de Peter Harris, La
cena Secreta de Javier Sierra, El último
Catón de Matilde Asensi,
y una larga lista de novelas históricas
recientes, están afirmando que los
cristianos no creían en la divinidad
de Jesucristo, que el Evangelio que leemos
no es verdadero y que el dogma católico
ha sido tergiversado.
Respondamos
serena y brevemente, desde la Historia de la
Iglesia, a esas tres falsedades:
En primer
lugar hay que resaltar que la Iglesia Católica
es una familia con abolengo. Tenemos historia
y una historia bien revisada y documentada.
Igual que las herejías han servido de
modo indirecto para formular teológicamente
lo que todos creían, también
han servido para realizar nuevas y más
perfectas ediciones de los textos antiguos: “oportet
hareses esse”.
Desde el
comienzo del cristianismo se ha puesto gran
interés en conservar tanto los textos
Sagrados como la Tradición. Todo ello
es una prueba del valor que se les daba, y
por tanto una prueba de su autenticidad.
Las grandes
referencias están contenidas y constantemente
editadas en los denominados Padres Apostólicos,
Padres Apologistas y Padres de la Iglesia.
También de aquellos que se llaman autores
antiguos.
Como es sabido
no se conservan los originales de los textos,
como de ningún libro de la antigüedad.
El hecho de que se hayan encontrado manuscritos
en tantos lugares y en diversas lenguas y con
una concordancia textual, constituyen una prueba
irrefutable de su valor. Igual que es una prueba
de la sobrenaturalidad de la Iglesia el que creamos
lo mismo que los Primeros cristianos, por una
inspiración del Espíritu Santo,
también lo es que leamos los mismos textos.
El sistema de
escritura hace veinte siglos era el rollo o papiro,
que permanece en los siglos I y II. Desde el
siglo III se impone el uso del pergamino. Finalmente,
desde el siglo XIV el papel. Códices y
cuadernos.
Lo primero
que impresiona es la alta fiabilidad de la
Sagrada Escritura. Enormemente superior a cualquier
libro de la Antigüedad, la mayoría
de los cuales proceden de tradiciones que no
van más allá del siglo X. Mientras
que de la Escritura nos acercamos prácticamente
a los orígenes (como el Papiro de Rylands
de 30 años después de San Juan).
Los tres datos claves son: los manuscritos
del Nuevo Testamento griego que se acercan
a seis mil: un centenar de papiros (sobre todo
del siglo II al siglo IV): más de 3000
códices en pergamino. Los 800 manuscritos
de los siglos II y III; los Códices
del III (Papiros de Bodmer y Chester Beatty:
colección completa de los Evangelios)
y los 2500 Leccionarios.
Conviene
recordar que en los cuatro primeros siglos
tenemos datos concretos sobre los Evangelios
en los siguientes autores: Siglo IV:
Constantinopolitana y Antioquena: San Juan
Crisóstomo (354-407); Africana: San
Agustín (354-430), Romana-Palestiniense:
San Jerónimo (347-419); Palestinense:
S.Epifanio (315-403); Jerosolimitana: S. Cirilo
de Jerusalén (313-387); Siria: San Efrén
(306-373). Siglos III-IV: Palestiniense: Eusebio
de Cesarea (263-339). Siglos II-III: Egipto:
Orígenes (185-253); Africana: Tertuliano
(155-220); Egipto: Clemente de Alejandría
(150-215); Romana: Fragmento Muratoriano (180);
Galia: San Ireneo de Lyón (140-202).
Siglo II: Asia Menor: Papías de Hierapolis
(130). Roma: San Justino, nacido en el año
100, en su apología escribe que se reunían
para leer los Profetas y los Comentarios de
los Apóstoles, llamados Evangelios.
Y el conocido texto de San Pedro: “y
considerad que la longanimidad de nuestro Señor
es nuestra salvación. Así os
lo escribió también nuestro querido
hermano Pablo según la sabiduría
que se le otorgó, y así lo enseña
en todas las epístolas en las que se
trata de estos temas. En ellas hay algunas
cosas difíciles de entender, que los
ignorantes y los inestables interpretan torcidamente
-lo mismo que las demás Escrituras-
para su propia perdición” (II
Pet, 3, 15-16).
Respecto a la historia del texto. La tradición
habla de cómo los Evangelistas escribieron
movidos por el Espíritu Santo. S. Mateo
sería el primero en escribir, después
S. Marcos recogiendo la tradición de S.
Pedro y S. Lucas la de S. Pablo. Finalmente al
filo del fin de siglo S. Juan. Que exista una
fuente “Q” de la que leyeron los
sinópticos, u otras teorías no
dejan de ser meros estudios internos y de crítica
textual. Lo importante es que la Escritura es
leída, porque lo es, como palabra de Dios
y que a lo largo de la Historia ha producido
santidad. Se aplican a la letra las palabras
de la Epístola a los hebreos: “Ciertamente,
la palabra de Dios es viva y eficaz, y más
cortante que una espada de doble filo: penetra
hasta la división del alma y del espíritu,
de las articulaciones y de la médula,
y descubre los sentimientos y pensamientos del
corazón” (Heb 4, 12).
Existen, por otra parte, una Literatura apócrifa,
que tiene una doble fuente: los escritos ingenuos
de cristianos que deseaban saciar su curiosidad
y los de los gnósticos que deseaban un
libro sagrado que corroborara sus tesis. Nunca
pasaron a la Liturgia que es la clave de la vida
del cristiano.
Finalmente bastaría una lectura de la
Colección Mansi, de las Actas de los Concilios,
de los Bularios, etc. Para comprobar la continuidad
maravillosa de la doctrina. Creemos lo mismo
que los primeros cristianos. Quizás un
sencillo ejemplo pueda ilustrar más que
muchos discursos. Cuando en el siglo XIX en Inglaterra
se realizaron ediciones críticas de la
Escritura y de los autores antiguos, Newman y
sus discípulos llegaron a la conclusión
de que sólo en la Iglesia católica
había continuidad y se convirtieron al
catolicismo.
La
conclusión es clara: este debate, de bajo
nivel intelectual, ha puesto de manifiesto varios
puntos. Lo más inmediato es que los cristianos
no podemos vivir nuestra fe pobremente. La primera
necesidad de los hombres es descubrir y conocer
el amor de Dios. Sólo así se puede
alcanzar la felicidad en la tierra y en el cielo.
Un camino que significa ante todo enamoramiento.
Pues el cristianismo es camino de amor, de plenitud
de amor. Es lo que nos recuerda Benedicto XVI
en su primera Encíclica: “El
amor es una luz —en el fondo la única— que
ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos
da la fuerza para vivir y actuar. El amor es
posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica
porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir
el amor y, así, llevar la luz de Dios
al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (Deus
caritas est, n.39). Por
tanto no basta con estar en
la Iglesia y dejar que pasen los años.
Es preciso vivir un amor apasionado por Jesucristo.
Por
otra parte. Hoy, como siempre, es necesario evangelizar,
trasmitir con la palabra y con la vida la Buena
Nueva del Evangelio, para orientar el caminar
de los hombres. Por eso la apología de
la fe, de otros tiempos, cobra ahora renovados
acentos. En 1939, decía el Fundador del
Opus Dei en Camino: “Antes, como
los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy
limitados, parecía muy posible que un
solo individuo sabio pudiera hacer la defensa
y apología de nuestra Santa Fe. Hoy, con
la extensión y la intensidad de la ciencia
moderna, es preciso que los apologistas se dividan
el trabajo para defender en todos los terrenos
científicamente a la Iglesia. -Tú...
no te puedes desentender de esta obligación”. (Camino
n.338).
.También
es claro que los hombres y mujeres de nuestro
tiempo tienen, como siempre, sed de Dios: como
decía San Agustín: “inquietum
est cor meum”. Por eso hemos
de estar los cristianos capacitados, por el
amor a Jesucristo y el conocimiento de su doctrina,
para dar razón de nuestra fe.
Hay en el
mercado obras escritas y material audiovisual
más que suficientes: todo lo necesario,
y a todos los niveles, para profundizar en
la fe. Además, existen muchas instituciones
en donde pueden seguirse cursos de formación
a todos los niveles: desde la catequesis familiar
hasta estudios a nivel universitario. Con esa
formación renovada el cristiano puede
realizar un apostolado sencillo de persona
a persona, de alma a alma. Esta es otra insistencia
del Fundador del Opus Dei, pues la vocación
cristiana está íntimamente unida
a la misión apostólica. Así lo
expresaba San Josemaría en una Homilía: “Vive
tu vida ordinaria; trabaja donde estás,
procurando cumplir los deberes de tu estado,
acabar bien la labor de tu profesión
o de tu oficio, creciéndote, mejorando
cada jornada. Sé leal, comprensivo
con los demás y exigente contigo mismo.
Sé mortificado y alegre. Ese será tu
apostolado. Y, sin que tú encuentres
motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean
vendrán a ti, y con una conversación
natural, sencilla –a la salida del trabajo,
en una reunión de familia, en el autobús,
en un paseo, en cualquier parte– charlaréis
de inquietudes que están en el alma
de todos, aunque a veces algunos no quieran
darse cuenta: las irán entendiendo más,
cuando comiencen a buscar de verdad a Dios” (Amigos
de Dios, ed.Rialp, Madrid 1987, n.273).
El gran
tesoro de la humanidad son los cristianos,
como decía la Epístola a Diogneto: “Lo
que el alma es para el cuerpo, eso son los
cristianos para el mundo”. Estamos
viviendo una época de especial intensidad,
donde más que nunca, el mundo necesita
santos, que muevan a otros a buscar la santidad.
Una llamada universal a la paz y al amor. Los
cristianos hemos de vivir nuestra fe en plenitud,
para iluminar el mundo de amor desde dentro
de la sociedad.
La novela
de Dan Brown arranca en el Museo del Louvre
y termina en el mismo punto. Un giro de 360
grados para dejar al lector en la misma posición,
con la cabeza caliente y los pies fríos,
como el negro del sermón. No hemos aprendido
nada verdadero y ha podido dejar un poso de
desconfianza.
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"Es
importante subrayar que científicamente
se puede afirmar que los católicos de
todos los tiempos han creído en la divinidad
de Jesucristo, en la historicidad de la Escritura
y la veracidad del dogma católico. Esto
es algo sólidamente asentado" |
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