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Dios
estaba en Madrid el día de los atentados
Atención
sacerdotal en la morgue de los atentados del 11 de marzo
de 2004 en Madrid
Autor:
Pedro María
Reyes Vizcaíno
Licenciado
en derecho
civil y Doctor
en derecho
canónico
Artículo publicado por el servicio
diario en español de la Agencia Zenit, 21 de
marzo de 2004
He acudido a la Feria de Muestras
de Madrid -el IFEMA-, en la que se ha instalado la
morgue, donde el Arzobispado de Madrid quiso estar
presente desde el primer momento, para ayudar a los
familiares. Pasé bastantes
horas en la capilla que se instaló atendiendo
a los familiares más directos. Podría
contar bastantes cosas de estos días, que han
supuesto una experiencia única. He visto demasiadas
lágrimas, mucha oración, demasiada rabia
y enormes esfuerzos de la gente por mantener la serenidad,
por ayudar a las familias de las víctimas. He
sido testigo de la respuesta de la gente, de los voluntarios
que han acudido, de los profesionales de la salud,
de la policía, de los empleados de las instalaciones.
En la tarde del 11 de marzo
acudimos muchos sacerdotes a acompañar a las familias.
Queríamos que vieran que no están
solos, que cuentan con los sacerdotes, con la
Iglesia. Naturalmente había improvisación,
pero ante todo se notaba una gran voluntad de
ayudar por parte de todos los que estábamos
allí, y aunque no se pudiera en ese momento
hacer mucho más, el hecho de estar presente
a tantos les confortaba.
Esa tarde me encontré con un hombre,
que salía de un despacho hecho un mar
de lágrimas. Me acerqué y le pregunté.
Acababan de identificar entre los cadáveres
a su mujer. Entre sollozos me dijo que había
perdido a su mujer y a su primer hijo, pues estaba
embarazada de siete meses. Me preguntaba cómo
era posible esa tragedia, qué había
hecho ella. Me decía que se cambiaría
por ella. Hablaba de su hijo por su nombre, pues
ya lo tenían decidido y le llamaban así. ¿Quién
tiene palabras para consolarle?
Al día siguiente ya se había organizado
la atención religiosa. D. José María
Bravo Navalpotro, Vicario de la zona, organizó la
atención. Ignacio, sacerdote, pasó muchas
horas en el IFEMA. Gonzalo, sacerdote del barrio
de La Elipa, instaló la capilla y organizó el
culto. Entraron en ella muchas personas, católicos,
ortodoxos y no bautizados, a rezar un rato, a
pedir por éste o aquél, por su
hijo, por su padre, por su marido o su mujer,
o por todos en general. Cuánta oración
en esa capilla: que no esté aquí mi
hija, que me llamen del hospital.
En el IFEMA había congoja, pero sobre
todo había angustia. Allí se llevaban
los cuerpos de los fallecidos sin identificar,
y acudían los familiares de personas desaparecidas.
Quienes sospechaban que tenían familiares
entre los viajeros de los trenes fatídicos,
si no llegaron a sus trabajos u ocupaciones ni
respondían en el teléfono móvil,
llamaban a los hospitales preguntando por su
familiar. En los hospitales no siempre podían
afirmar con rotundidad que esa persona estaba
ingresada o no, pues muchos heridos tampoco podían
ser identificados. Como último remedio,
esos familiares acudían al IFEMA. Allí esperaban,
rezaban, se angustiaban. Llamaban otra vez al
móvil, al lugar de trabajo. Esperaban
respuesta de la policía, de alguien.
En el IFEMA la policía había hecho
fotografías de los cuerpos sin identificar
para mostrársela a los familiares. Los
cuerpos estaban tan deformados que de ese modo
apenas unos pocos familiares pudieron reconocer
a su pariente. Mientras llegaba su turno los
familiares seguían esperando. A las familias
se les pedían datos físicos de
su pariente desaparecido, así como piezas
dentales si las conservaban, o radiografías
de la boca.
Después de hacer unos descartes -hombre
o mujer, la edad, la estación en que se
recogió el cuerpo- podía haber
sospechas de que su familiar podía ser
alguno de los cuerpos. A veces la identificación
previa se facilitaba porque algún cuerpo
tenía un tatuaje o alguna cicatriz vieja.
Si después de estas investigaciones previas
con los familiares se podía sospechar
de la identidad de algún cuerpo, los familiares
pasaban al Pabellón 6, en que se habían
colocado los féretros sin nombre. Sólo
pasaban dos personas acompañados de dos
psicólogos para atenderles, pues el golpe
de lo que iban a ver era demasiado fuerte. Así muchos
identificaron a su familiar. Una vez identificado
el cuerpo se entregaba a la familia, y se enviaba
a un tanatorio. En el Pabellón 6 había
permanentemente un sacerdote, que ayudaba a soportar
el golpe a quienes reconocían a su familiar.
Con los familiares que lo deseaban rezaba un
responso, y les ayudaba a mirar a Dios en esos
terribles momentos.
Si no se identificaba con
claridad, la angustia continuaba: ¿estará en algún
hospital y aún no se le ha identificado?
En varias ocasiones se recibieron llamadas de
alguno de los hospitales, pues tal herido podía
corresponder con la descripción que ha
hecho una madre o un esposo. En ese caso el familiar
se acercaba al hospital. Mientras, a rezar. Y
en el hospital, podía resultar que ése
es su hijo o su esposa. Y podía no ser:
y continuaba la angustiosa espera.
En algunos casos la identificación venía
por los datos científicos, como la distribución
de las piezas dentales. Junto a la capilla se
instalaron las oficinas de la Policía
científica. Ahí entraban los familiares,
si la Policía podía establecer
la identidad de un cadáver. Las veces
que la Policía debía comunicar
a un familiar estas noticias los sacerdotes los
reconocíamos enseguida por los llantos
con que salían. Una joven mujer latinoamericana,
sola en España, entró directamente
desde el vecino despacho a la capilla, entre
grandes lloros. Iba acompañada de una
psicóloga voluntaria, que la ayudaba y
la abrazaba. Ella también lloraba. Después
de un rato me acerqué y le pregunté.
Habían identificado a su padre. Ahora
le quedaba hablar con su madre, en su país,
y comunicarle lo que había ocurrido, aunque
ella ya sabía que no había llegado
al trabajo. Rezamos un responso, el primero por
su padre. Al acabar llamaron al móvil.
La psicóloga y yo nos alejamos, deseando
que no fuera su madre, para que la hija pudiera
serenarse. Afortunadamente, no era.
Un hermano, al salir, se
fundió en un
abrazo con Gonzalo, el sacerdote de San Emilio.
No se conocían, pero el hermano lloraba,
y necesitaba encontrar un hombro en el que llorar.
Gonzalo se lo prestó. Una madre pedía
que le dieran a su hijo, que ella le cuidaría
en su casa mejor. No podía ser: su cuerpo
yacía en el pabellón 6, y se lo
acababan de confirmar. Necesitó la terapia
de profesionales médicos.
Se celebraron varias Misas
en la capilla durante esa noche y esos días. Me consta de tres
por la mañana del 12 y una por la tarde,
a las 6. A las 8 celebré una bendición
con el Santísimo Sacramento expuesto en
la custodia. Hicimos un rato de oración,
en el que recé el Rosario y leí el
Evangelio de la aparición del Señor
a los discípulos de Emaús. No se
quedó mucha gente, pero entraron y salieron
muchos: voluntarios, psicólogos de apoyo,
policías, personal sanitario, familiares.
Naturalmente no podían quedarse: les esperaban
fuera, las familias les necesitaban. Estaban
ahí, consolando al desconsolado, viendo
a Jesucristo en las familias necesitadas de apoyo.
Gente hubo que dejó ramos de flores.
Gente anónima, que expresaba así su
cercanía. Y no encontraban mejor lugar
que la capilla. Una mujer, también latinoamericana,
dejó su ramo: lo quería ofrecer
por su amiga, para que no la encontraran en el
IFEMA.
Si no se identificaba al
familiar, se procedía
a las pruebas de ADN. Para obtener los resultados
se debe esperar, hasta 48 horas les dijeron a
los familiares. Y mientras, continúa la
angustia.
El día 15, como suelo hacer todos los
lunes, fui a una reunión de sacerdotes
en Guadalajara. Allí nos juntamos de toda
la diócesis, varios de Alcalá,
y alguno que, como yo, vamos desde Madrid. Al
entrar les pregunté si habían asistido
a algún entierro: salieron decenas. Son
los párrocos del corredor del Henares,
pueblos y ciudades castigados por la saña
de los intolerantes, poblaciones que ahora no
olvidan, Alovera, Azuqueca de Henares, Villanueva
de la Torre, Cobeña, Alcalá de
Henares, la propia Guadalajara. Estos párrocos
también tienen sus historias que contar,
historias de dolor, de renuncia, de oración.
Uno me contestó que venía de llorar:
acababa de consolar a unos padres. Su hija tenía
concertada la boda en septiembre, y le iba a
casar él.
Todos conocían gente
afectada, muertos, heridos, familiares directos,
y salvados. Varios me refirieron historias
de gente que iba en los trenes, alguno en los
vagones que estallaron.
¿Se puede uno encontrar con Dios en esas
circunstancias? Un párroco me habló de
un chico joven que todos los días va en
el tren de la muerte. El 11 se levantó antes
porque no podía dormir y cogió el
tren anterior. Ese chico ahora quiere entregarse
a Dios. Yo mismo pude hablar del bautismo a un
psicólogo voluntario, que entró en
la capilla del IFEMA a rezar.
Los voluntarios y los empleados
se volcaron: todos ofrecieron lo mejor de sí mismos.
Dios estaba en el IFEMA. Estaba en la capilla,
y estaba en la gente necesitada de apoyo. Quienes
les ayudaron se encontraron con Dios.
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Dios
estaba en el IFEMA. Estaba en la capilla, y
estaba en la gente necesitada de apoyo. Quienes
les ayudaron se encontraron con Dios. |
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