Recordando a San Josemaría Escrivá de
Balaguer
"Estas crisis mundiales son crisis de santos "
Autor: José Ignacio Varela
Director del Centro de Cultura Teológica
El pasado
26 de junio se cumplió el XXX aniversario
del fallecimiento de San Josemaría. Ese
día fue la noticia que abrió el telediario:
había muerto –decían- con fama
de santidad y era cierto: sin llamar la atención,
la vida del Fundador del Opus Dei había
sido una vida sencilla, dedicada a impulsar y dirigir
desde Roma la Obra que Dios le había confiado,
ocupado en las tareas propias de su trabajo sacerdotal
y el ejercicio de su ministerio.
En
ocasiones su acción pastoral le llevaba
a viajar por distintos países en los
que el Opus Dei se había establecido. Uno
de esos últimos desplazamientos lo hizo
a España y, en Madrid, donde pasó algunos
días, tuvo algunos encuentros con universitarios.
Afortunadamente coincidí con San Josemaría
en uno de esos encuentros, junto con otros compañeros
de las universidades madrileñas. El día
31 de mayo tuve la oportunidad de saludarle personalmente
y cerrar la puerta del coche que le llevaba al
aeropuerto de vuelta a Roma: debo reconocer que
ha influido decididamente en mi vida y agradezco
la suerte que he tenido de conocer a un santo en
vida; un santo de nuestro tiempo.
 |
| San Josemaría Escrivá de
Balaguer |
Las veces en que he podido
escuchar su mensaje nos hablaba de la importancia
del estudio o del trabajo bien hecho. Nos hacía descubrir
la vida cristiana: procurando imitar a Jesucristo
de modo que se pudiera afirmar que habíamos
procurado vivir como hijos de Dios, que habíamos
pasado haciendo el bien a pesar de nuestra flaqueza
y de nuestros errores personales por numerosos
que sean. Como él mismo nos enseñaba,
la santidad no consistía en no caer nunca
sino en levantarse siempre.
En esas tertulias –auténticas conversaciones
de familia- nos llevaba a tener un afecto sincero
al Santo Padre. Nos decía: para mí,
después de la Trinidad Santísima
y de nuestra Madre la Virgen, en la jerarquía
del amor, viene el Papa. Nos impulsaba a vivir
una unidad de vida materializada en una misma conducta
cristiana dentro de los distintos ámbitos
que componen la vida del hombre.
Ciertamente al escucharle
experimentaba que nos trasmitía lo que él mismo vivía
aunque, en su caso, había llevado el mensaje
de Jesucristo a las metas más altas. Aún
así nos insistía en que la santidad
era asequible para todos.
Recuerdo unas palabras suyas
que captaron mi atención
y que vienen muy a propósito para los tiempos
que vivimos por las circunstancias concretas que
atraviesa nuestra sociedad: en esta época
de desmoronamiento general, de cesiones y desánimos,
o de libertinaje y anarquía, me parece todavía
más actual aquella sencilla y profunda convicción
que, en los comienzos de mi labor sacerdotal, y
siempre, me ha consumido en deseos de comunicar
a la humanidad entera: estas crisis mundiales son
crisis de santos.
Al recordar ahora su mensaje y al venerarle en
los altares pienso que seguir su Camino –así tituló el
primero de sus libros de oración en que
recoge el ideal de santidad- alienta la esperanza
de cualquiera que, en medio de la calle, se propone
ser coherente en su conducta cristiana y mostrar
ese ejemplo a los demás. Supone convertirse
en protagonistas de una idea que también
propagó a todos los vientos en la línea
del horizonte, hijos míos, parecen unirse
el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad
se juntan es en vuestros corazones cuando vivís
santamente la vida ordinaria.
|